ePrivacy and GPDR Cookie Consent by Cookie Consent Viaje a Israel y Jordania V: Jerusalén. Excursiones a Qumrán, Masada y Ein Gedi | Los viajes de Vagamundos día a día

COMUNIDAD VIAJERA






mask slider

Viaje a Israel y Jordania V: Jerusalén. Excursiones a Qumrán, Masada y Ein Gedi | Los viajes de Vagamundos día a día

Publicado el 31/07/2021 en

Tercer día completo de estancia en la ciudad tres veces santa: capital de la Eternidad, Trono del Señor, Centro del Universo, pero en esta ocasión saldremos fuera de la ciudad para realizar tres excursiones a tres lugares excepcionales: Qumrán, donde se hallaron los escritos de los esenios; Masada, una gran roca en medio de acantilados, que fuera el escenario de uno de los episodios más dramáticos de su historia, y por último realizaremos una parada en el exuberante oasis de Ein Gedi.

 

DÍA 7 – JERUSALÉN: Qumrán – Masada – Ein Gedi

Desayuno buffet en el hotel.

Hoy pasaremos todo el día fuera de Jerusalén. A primera hora de la mañana partimos hacia QUMRÁN, un valle del desierto de Judea en las costas occidentales del Mar Muerto, en Cisjordania, a 19 km de Jericó. La importancia de este lugar viene dada por la presencia de las ruinas de Qumrán y de las cuevas descubiertas en 1947, que contenían un valioso tesoro arqueológico y bíblico.

Al parecer, ya en el siglo VIII a.C. existía aquí una pequeña fortificación levantada para proteger las rutas caravaneras del Mar Muerto. Durante varios siglos cayó en el olvido hasta que fue reutilizada por los esenios, una enigmática secta judía, alrededor del siglo II a.C., poco después de la “Revuelta de los macabeos”, una rebelión ocurrida entre los años 167 y 160 a.C. contra el imperio seléucida. 

Con el paso de los siglos, los esenios fueron cayendo en el olvido, hasta que a finales del siglo XIX y comienzos del XX se comenzó a hablar de ellos por parte de algunos estudiosos que vieron en ellos una comunidad que podía haber influido o dado origen a los movimientos de Juan el Bautista y Jesús. El interés por aquella enigmática secta creció de forma colosal cuando entre 1947 y 1956, se hallaron miles de fragmentos de manuscritos en pergamino y papiro en once cuevas del desértico paraje de Qumrán. La mayor parte de ellos están escritos en hebreo; muchos menos, fueron escritos en arameo y unos pocos en griego.

Los manuscritos se guardaban en forma de rollo y se habían depositado en el interior de tinajas para preservarlos. Durante los siguientes años fueron aparecieron textos en distintas grutas de la región hasta sobrepasar de largo los 900 que se conocen actualmente. Estos documentos constituyen los textos bíblicos más antiguos encontrados hasta la fecha. Se hallaron unas 200 copias fragmentadas de los libros de la Biblia hebrea e incluso un ejemplar completo del libro de Isaías; algunos apócrifos como los Testamentos de los doce Patriarcas o un Génesis Apócrifo.

Pero no solo había textos religiosos, entre los manuscritos se encontraban normas y oraciones específicas de los esenios, como las Reglas de la Comunidad y de la Congregación; Documento de Damasco, Comentarios bíblicos, calendarios … Estos manuscritos son los que nos proporciona la mejor información sobre la historia de la secta.

Los miembros de la hermandad de Qumrán, eran un grupo religioso que estaba en desacuerdo con el judaísmo oficial del Templo. Llevaban una vida ermitaña en el desierto (todo parece indicar que consideraron el desierto como un símbolo de pureza), donde buscaban alejarse de la tendencia paganizante de Jerusalén y recuperar la fidelidad a la Alianza en la práctica escrupulosa de la Ley, en espera del Mesías y la victoria contra los impíos.

Muy organizados para afrontar las dificultades que presentaba la vida en este severo medio, practicaban la pobreza personal, el celibato y la comunidad de bienes. Esta última característica, fundamental en tales comunidades, viene definida en el propio nombre en el que se referían a sí mismos, Yahad (en hebreo, “juntos” o "comunidad"), presente en la “Regla de la comunidad”, texto fundamental del movimiento. El tiempo lo distribuían entre el trabajo manual, la oración, el estudio y la meditación de los libros sagrados, sin olvidar los baños rituales practicados dentro de de una liturgia elaborada. La arqueología ha venido a confirmar el papel esencial de la pureza en esta comunidad: de los dieciséis estanques descubiertos en Qumrán, sólo seis habrían servido para almacenar agua, mientras que los diez restantes sirvieron, probablemente, para la práctica de baños rituales. 

El historiador judeorromano Flavio Josefo, nacido en Jerusalén en el año 37 d.C., en su obra Antigüedades Judaicas, los describe así:

“Los esenios son ascetas, con reputación de la mayor santidad, judíos de nacimiento; esperan tiempos escatológicos, creen en la inmortalidad del alma y en los castigos y premios eternos; veneran el Templo de Jerusalén, pero no acuden a él y hacen sus ritos purificadores aparte. Son hombres excelentísimos, dedicados a la agricultura. Tienen sus bienes en común, es decir los frutos de los bienes de cada uno revierten por igual al bien de la comunidad, según ley estatutaria. Son más de cuatro mil. No se casan, aunque aprecian el matrimonio, ni tienen esclavos. Se sirven unos a otros. Eligen sus administradores y sacerdotes para la elaboración del pan y de otros alimentos. Visten siempre de blanco. Instruyen a niños en las buenas costumbres como si fueran sus propios hijos. Tienen el don de la hospitalidad con los suyos; cuando uno llega le tratan como a conocido, aunque no le hayan visto nunca. Su piedad es extraordinaria, siguen un orden doméstico y guardan el silencio. Estudian con entusiasmo los escritos antiguos, especialmente los que conciernen a sus almas y a sus cuerpos, y aprenden las virtudes medicinales de raíces y piedras. Pasan por un noviciado de virtud, trabajo que dura un año, y luego por otros dos más de prueba, antes de ser admitidos en el seno de la comunidad. Tienen leyes penales. Admiten la profecía, por la lectura de sus libros, y están muy versados en los Profetas.”

Visitamos el sitio arqueológico de Qumrán, que durante el período esenio abarcó una superficie de unos 3 km2. La población vivía en cuevas y tiendas alrededor de un edificio central del que dependían: un cuadrado con una maciza torre fortificada en el ángulo noroeste, un gran patio interior, varias salas, una que parece ser un comedor y una despensa, donde se han descubierto hasta 1.000 útiles de cocina como cuencos, platos, vasijas, vasos y otros utensilios. Otra sala, llamada scriptorium estaba destinada al estudio. Al parecer, aquí se debieron escribir los manuscritos. La habitación contenía una mesa de estuco de 5 m de longitud, un banco y dos tinteros, uno de bronce y otro de cerámica, todavía con restos de tinta seca.

Prosiguiendo el recorrido marcado por la pasarela, podemos ver los restos del acueducto que traía el agua procedente del desfiladero hacia una cisterna central para distribuirla, a través de canales a todo el asentamiento. Otro de los elementos interesantes que encontramos en el yacimiento son los hornos para cocer la cerámica. Cerca de este edificio podemos ver también una piscina con escalones de acceso, bien divididos que sugieren su utilización para baños de carácter ritual o ceremonial. A 50 m del edificio principal se ha encontrado el cementerio de la comunidad con más de 1.200 tumbas, en su mayoría varones, pero también algunas mujeres e incluso niños.

En la zona circundante se encuentran las cuevas; en 31 de ellas se hallaron señales de ocupación durante el período de vida del monasterio, pero sólo en 11 se encontraron manuscritos.

Nuestro siguiente destino será MASADA, una gran roca anclada en los acantilados al oeste del Mar Muerto, en medio de un paisaje desolador. Sin duda el lugar más espectacular del país y el escenario de uno de los episodios más dramáticos de su historia. Se trata de una fortaleza natural rocosa, que está a 59 m de altura sobre el nivel del mar y a 450 m sobre el nivel del Mar Muerto. Su nombre deriva de la palabra hebrea metzuda (“plaza fuerte”). Ningún manantial abastecía de agua a la cumbre, pero las lluvias se captaban y almacenaban en grandes cisternas construidas al efecto.

Las primeras evidencias de poblamiento en Masada se remontan al IV milenio a.C., y se trataría de poblaciones nómadas que se instalaron en las cuevas de sus acantilados. La cima no empezó a estar habitada hasta el 1000-700 a.C. Entre los años 160-143 a.C., se construyó una fortaleza por orden de Jonatás Macabeo, dirigente de los judíos en la guerra contra los seléucidas. Años más tarde, cuando Herodes el Grande fue asediado en Jerusalén en el año 40 a.C. durante la guerra contra partos y asmoneos, huyó con su familia y se refugió en la fortaleza de Masada.

Una vez que pudo controlar nuevamente Judea, Herodes llevó a cabo grandiosas obras, aprovechando sus excelentes condiciones geográficas y defensas naturales, rodeada por infranqueables acantilados, convirtiéndola en la mayor fortaleza del país. Los motivos fueron varios: por un lado la amenaza expansionista de Cleopatra VII de Egipto (apoyada por Marco Antonio); otra, el temor a un levantamiento de su propio pueblo, ya que la mayoría de los judíos detestaban a Herodes por su origen idumeo y por restablecer el dominio romano; también debía servir como lugar de descanso personal y para albergar visitas de dignatarios extranjeros que pudieran disfrutar con las impresionantes vistas del desierto de Judea, del oasis de Ein Guedi, del Mar Muerto y de las montañas de Moab.

En el año 66 d.C., al comienzo de la primera guerra judeo-romana, los zelotes (el grupo principal que se sublevó contra los romanos), tomaron Masada por sorpresa matando a la guarnición romana que allí se encontraba. Se refugiaron en la fortaleza alrededor de 1.000 personas entre los que se encontraban ancianos, mujeres y niños, con abundantes reservas de comida y armas. Pero en otoño del año 72, el gobernador romano Flavio Silva con la Legión X, puso sitio a la fortaleza. Los sitiados, ante la desesperada situación, decidieron matarse antes que rendirse y convertirse en esclavos del enemigo.

Flavio Josefo, en su Guerra Judaica, describe así el dramático final:

“Mientras abrazaban a sus mujeres e hijos por última vez, les daban besos de despedida a los niños, cada hombre mató a su familia. Tras quemar sus pertenencias se eligieron a diez hombres que se encargarían de matar al resto de la población. Posteriormente se decidió quien mataría los nueve restantes. Finalmente, este último se atravesó con la espada y cayó sin vida junto a su pueblo. Al día siguiente, el ejército romano al ver lo que allí había sucedido se quedaron impresionados por el espíritu y osadía de esos judíos que habían demostrado tal menosprecio a la muerte”.

Solo se salvaron 2 mujeres y 5 niños que se habían escondido en una galería subterránea y fueron los que contaron lo sucedido a los romanos. “Masadá no caerá otra vez”, es el juramento del ejército israelí moderno.

La fortaleza quedó deshabitada durante siglos, hasta que se instalaron aquí monjes bizantinos en el siglo V y construyeron una pequeña iglesia. La conquista árabe supuso el fin de esta comunidad y el abandono definitivo de Masada a mediados del siglo VII.

Desde entonces, el histórico sitio cayó en el olvido hasta 1838 cuando dos estadounidenses, el teólogo y explorador Edward Robinson y el misionero Eli Smith, identificaron correctamente Masada desde el oasis de Ein Guedi.

Ningún otro lugar de Israel evoca la vida en la Judea Romana del siglo I tan auténticamente como Masada. Subimos en teleférico a la cima del Parque Nacional de Masada (DECLARADO PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD POR LA UNESCO EN 2001), una fortaleza de aproximadamente 1 km de largo por 200 m de ancho.

El palacio Norte, erigido en el año 25 a.C. representa uno de los logros más asombrosos de la arquitectura antigua. Los arquitectos de Herodes aprovecharon las características topográficas del extremo del espolón rocoso, para diseñar el edificio en tres niveles.

Se accedía al palacio por la parte trasera, desde arriba, tras atravesar varios patios y un gran vestíbulo. Este último estaba flanqueado por lujosas habitaciones y desembocaba en la terraza superior, delimitada por una columnata semicircular. Junto a esta, una escalera cubierta permitía descender a la terraza intermedia, situada 18 m más abajo; en su superficie cuadrada, albergaba en el centro una sala de audiencias circular rodeada por una columnata y, tras ella una biblioteca y varios departamentos distribuidos en dos niveles. Una nueva escalera conducía a la terraza inferior, en el centro de la cual se ubicó una gran sala de audiencias delimitada por un pórtico de columnas corintias, y unas pequeñas termas.

Este prodigioso conjunto, adaptado al terreno a la perfección, se asomaba desde las alturas sobre un magnífico paisaje de montañas desérticas. Las habitaciones, abiertas al norte, eran frescas y agradables en verano y todas ellas decoradas con mosaicos y frescos. Esta fastuosa residencia estaba destinada a albergar al rey y sus huéspedes de la más alta alcurnia, cuya seguridad quedaría garantizada gracias a su aislamiento y a su arduo acceso. Tras el palacio, se puede contemplar las lujosas termas construidas al estilo romano, con un gran patio rodeado de pilastras por tres lados y con pavimento de mosaico blanco, rojo y negro; un vestuario con frescos en paredes y techo, y el resto de las típicas salas que la componen: figidarium, calidarium y tepidarum. T

ambién en la parte norte se encuentran diversos almacenes en los que se han encontrado varias jarras que todavía contenían restos de provisiones.

Más lejos, repartidos sobre la cima del espolón, se representan otros edificios, entre los que destacamos la Sinagoga, en la parte oeste, sostenida por pilastras y conectada con las murallas. Fue construida durante el reinado de Herodes como establo, y modificada por los zelotes para servir como sinagoga. En el suelo se descubrieron fragmentos de pasajes bíblicos del Deuteronomio y el Libro de Ezequiel. Es la única sinagoga contemporánea del Segundo Templo, por lo que es también la más antigua del país.

Cerca de la sinagoga se encuentra el palacio Occidental, el edificio más grande del sitio (3.700 m2), destinado para usos ceremoniales en tiempos de Herodes; fue reconvertido con finalidades prácticas por los zelotes. Bajo el pavimento hay un complejo sistema de cisternas para el agua. Otro edificio cercano es la iglesia Bizantina, un edificio bien conservado con una sala y tres estancias que fue el centro del monasterio bizantino de ermitaños del siglo V.

En el lado oeste de la sala hay una antecámara con pavimento de mosaico blanco y en el lado este un ábside con un pocillo excavado en el pavimento, probablemente para conservar el relicario.

El perímetro del espolón estaba defendido por una muralla levantada con 27 torres, dispuestas cada 40 m, entre los que tenían cabida los almacenes de armas de la guarnición. Los sinuosos caminos que se deslizaban por las abruptas laderas para alcanzar la cima del altozano estaban protegidos por tres puertas fortificadas, tres en total, que resultaban fáciles de defender. Al fondo, cerca ya del horizonte, se vislumbra el Mar Muerto.

Almuerzo en restaurante local.

A continuación iniciamos nuestro viaje de regreso a Jerusalén, pero antes, realizaremos una parada en Ein Gedi (“Fuente de los cabritos”), un exuberante oasis, una joya de la naturaleza, que se encuentra en la parte norte del desierto del Negev israelí, a 15 km de Masada. Este mágico lugar de 25 km2, con imponentes macizos de roca rojiza de entre los que surgen tres manantiales y dos pequeñas cascadas, dan vida a la Reserva Natural, al Jardín Botánico, a las próximas cuevas de Qumrán, al Kibutz y al centro SPA.

Conocido ya desde el Calcolítico, 4000 años a.C., como demuestran los restos de un templo de la cultura ghassuliana que fue excavado en una ladera, el lugar se menciona en el Antiguo Testamento por su belleza (Cantar de los Cantares 1, 14) y como refugio de David para protegerse de Saúl (1 Samuel 24, 1).

Entre los siglos VII a.C. y IV d.C., sus habitantes construyeron avanzados sistemas de regadío para explotar al máximo las posibilidades agrícolas de oasis.

En el siglo I fue conquistada por Herodes el Grande. Fue una importante base estratégica de los insurgentes durante la segunda guerra judaica. Con la llegada del islam la zona quedó deshabitada.

En 1953 se fundó un gran kibutz, convertido hoy en un frecuentado y equipado centro turístico. Pasearemos por este oasis del desierto israelita, lleno de encanto. Las pozas de agua dulce, los arroyos fríos, las cascadas propias del Edén y una vegetación exuberante regada por cuatro manantiales que fluyen todo el año, son un paraíso para la fauna y flora del desierto, como el majestuoso íbice de Nubia o el conejo de las rocas, muy fáciles de ver.

Cena y alojamiento en LEONARDO PLAZA HOTEL JERUSALEM.

 

EL PERIPLO DE LOS MANUSCRITOS DEL MAR MUERTO (artículo)
Los rollos del Mar Muerto son más de 900 pergaminos y papiros escritos en arameo y hebreo (y unos pocos en griego) encontrados en 11 cuevas de las casi 300 inspeccionadas en Qumrán, en el desierto de Judea, entre los años 1947 y 1956.

Un joven pastor de la tribu taamira, llamado Mohamed al Dib, buscaba una cabra que había escapado de su rebaño en la ribera occidental del Mar Muerto. Fatigado de la persecución infructuosa se puso a descansar entre las rocas. Vio en unos salientes un agujero oscuro, por donde dejó caer una piedra. Quedó asustado al oír un ruido como de tejas que se rompían. Repitió la acción con parecido resultado. Se asomó con precaución y esfuerzo, y logró distinguir dos hileras de vasijas, cinco de un lado y tres de otro, algunas rotas.

Se marchó del lugar y contó el caso a un amigo suyo, Ahmed Mohamed. Al día siguiente fueron al lugar y hallaron, decepcionados, que una de las jarras contenía unos rollos, envueltos en tela pegajosa y protectora (el Génesis apócrifo era uno de ellos). Las otras estaban vacías. Era el año 1947.

En otra visita al lugar descubrieron otros cuatro rollos y terminaron vendiéndolos a varios comerciantes de Belén. Un profesor de la Universidad Hebrea, Eleazar Sukenik, compró tres de ellos y los otros cuatro fueron adquiridos por el arzobispo Athanasius Yeshue Samuel, del monasterio siriaco ortodoxo de Jerusalén, que pagó 100 dólares por el lote.

Cuando estalló la guerra tras el nacimiento del Estado israelí, el prelado huyó con sus manuscritos a Estados Unidos vía Beirut. Allí los puso inicialmente a la venta por un millón de dólares, pero nadie los compró, ya que no estaba clara su antigüedad, la suma era muy elevada y existía el temor a que fuesen reclamados por Israel o por los palestinos.

Finalmente, el arzobispo puso un anuncio en el Wall Street Journal rebajando el precio y el arqueólogo Yigael Yadin los compró en secreto para el Estado de Israel por 250.000 dólares. Una compra que el primer ministro hebreo, Moshe Sharett, anunció en febrero de 1955.

COMÉNTANOS

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Page 1 Created with Sketch.
Page 1 Created with Sketch.
Page 1 Created with Sketch.
Page 1 Created with Sketch.
Ningun comentario disponible