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Nefertiti, la enigmática dama del Nilo. Serie: Mujeres extraordinarias en el Antiguo Egipto III | Vagamundos Club de Viajeros

Publicado el 21/07/2021 en

Nefertiti (1370-1330 a.C.) es una de las figuras legendarias del Antiguo Egipto. Pintores, escritores y cineastas se han sentido fascinados por esta inteligente y bella mujer, a la par que enigmática. Hasta nosotros han llegado relieves y esculturas que nos muestran el perfil más bello de la reina. Un rostro atemporal que solo podía pertenecer a una mujer fuera de lo común: ojos almendrados, orejas delicadas, dedos gráciles y cuello largo y esbelto como el de un cisne; los labios, carnosos; los pómulos, marcados y elevados; la barbilla fina y la nariz, estrecha y recta.

Es decir, un canon actual de belleza femenina de una mujer que vivió hace casi 3.500 años y que emana erotismo.

“La bella ha llegado”

La realidad es que muy poco es lo que conocemos de este legendario personaje. El significado de su nombre, “la bella ha llegado”, hizo suponer en un principio que venía de algún país extranjero, y que fue ella quien introdujo las ideas monoteístas.

A partir de aquí vienen las especulaciones sobre su origen: si procedía de Nubia o si era una princesa del país Mitani, o simplemente fue escogida entre lo más selecto de la sociedad egipcia. Lo que sabemos con certeza es que fue criada por una niñera llamada Tiy, esposa de Ay, tutor del entonces príncipe Amenhotep y puede que hermano de la madre de este, la reina Tiyi. El personaje de Ay fue uno de los más influyentes y controvertidos de su tiempo (fue partidario de las reformas de Akhenatón y acabará ocupando el trono de Egipto algunos años después, a la muerte de Tutankamón).

Al parecer Nefertiti también tuvo una hermana pequeña, llamada Beneretmut, a la que puede verse representada en algunos relieves, disfrutando de los placeres de la corte. Lo cierto es que quedó huérfana de madre siendo muy pequeña y Tiy fue quien la crió.

Akhenatón y la herejía de Amarna

A la muerte del faraón Amenhotep III en 1353 a.C., seguida poco después de la de su primogénito Tutmosis, se nombró sucesor al segundo hermano, Amenhotep IV, que se convertirá en el más controvertido y enigmático de los faraones. Sus 17 años de reinado y la tumultuosa década que le siguió, representan seguramente el período más atractivo, incierto, dinámico y extraño de toda la historia egipcia. Antes de su entronización, el joven ya se había casado con esa excepcional muchacha que entonces tendría entre 12 y 15 años. A partir de ahí todo comienza a ser diferente.

A comienzos de su quinto año de reinado, Amenhotep IV funda la ciudad de Akhetatón, (“el horizonte de Atón”), hoy Tell el-Amarna, y la corte abandona la capital tradicional del dios Amón por este lugar situado a 270 km al norte de Tebas, en el margen oriental del Nilo, en un valle rodeado por tres lados de inhóspitos barrancos, una defensa natural contra los enemigos de la corona. Aquí construyó templos, palacios y mansiones para la realeza y para la nobleza leal. El templo de Atón era un edificio poco convencional, pues carecía de techo, de manera que el sol que adoraba podía lucir libremente en el interior del templo construido en su honor.

El nuevo soberano llevó a cabo una revolución religiosa dando la espalda a los antiguos dioses para imponer un culto monoteísta que atribuía la creación de la naturaleza y del ser humano a un nuevo principio: la vida nacía de la luz solar, encarnada en Atón. Su herejía consiste en abandonar el politeísmo por el culto exclusivo a la luz vivificadora del Sol. Esto causó un gran resentimiento en el estamento sacerdotal, más si cabe cuando cerró el Gran Templo de Amón y se apropió de sus rentas.

En esta misión, el faraón contó con la complicidad y el apoyo de su esposa Nefertiti, a la que elevó al rango divino, lo que le otorgó más poder que el que ninguna otra reina hubiera tenido anteriormente (salvo Hatshepsut). Ya desde el principio de su reinado Nefertiti rompió moldes. En Karnak, se le había otorgado su propio templo, la Mansión de Benben, donde su esposo ni siquiera aparecía representado. A ella se la mostraba realizando acciones rituales hasta entonces limitadas al rey, y aparece representada en las estelas a la misma altura y escala que el rey, lo que denota igualdad de rango.

Él y su esposa Nefertiti actuaban como los únicos intermediarios entre el pueblo y Atón y este paso fundamental se reforzó con un cambio de nombre: Nefertiti se llamó en adelante Neferneferuatón, “exquisita es la belleza de Atón”, y Amenhotep (“Amón está contento”) escogió el de Akhenatón, “el que satisface a Atón”, resumiendo de esta forma su nuevo programa político-religioso.

De cualquier forma, en la práctica diaria, la nueva religión probablemente solo reemplazó a la religión oficial del Estado y a la de la élite; la mayor parte del pueblo continuó adorando a sus dioses tradicionales, a menudo locales. Incluso en la propia Amarna se han conservado objetos votivos, estelas y pinturas que representa a otros dioses.

La familia real y el nuevo ideal de belleza

Al principio, el pueblo creyó que el dios Sol había regresado a la Tierra encarnado en la familia real. Se desató un sentimiento de euforia colectiva que tuvo una fuerte repercusión en el arte y la arquitectura de aquel período; una nueva iconografía, que en realidad era un estudiado montaje de autopropaganda, mostraba la vida privada de la pareja real: se hacían representar asistiendo juntos a ceremonias religiosas, en otras se puede ver a Nefertiti sentada sobre las piernas de Akhenatón mientras juegan con sus hijas, o abrazándose y dándose un cálido beso.

En las esculturas, los esposos caminan juntos con las manos entrelazadas. Estos detalles daban una imagen de la reina como esposa ejemplar. La escenas oficiales de adoración de los dioses son suprimen, así como las grandes festividades del calendario egipcio en las que se sacaba al dios en procesión, que fueron prohibidas. En su lugar, es la familia real la que se expone ante los ciudadanos. Un espectáculo de ostentación propio de quien ejerce un poder absoluto.

La reforma atoniana trajo consigo un cambio radical en el ideal de belleza, porque no respondía a los estereotipos tradicionales. El arte egipcio, que durante muchos siglos había permanecido hierático y monumental, daba paso a la emoción. Al parecer, el propio faraón dios instrucciones precisas a los escultores reales para la creación de un estilo nuevo, más libre. De la noche a la mañana el repertorio iconográfico cambia radicalmente, con la figura de Nefertiti brillando con luz propia y representada como paradigma de la elegancia, la belleza y el erotismo.

La estética se desplazó hacia cuerpos estilizados de torso corto, amplias caderas, muslos anchos y vientre abultado. Los rostros pasan a representarse con ojos rasgados, pómulos marcados, mentón prominente y labios carnosos. Los cuellos eran muy largos, y el cráneo artificialmente alargado. En ocasiones, se confunden las imágenes de Akhenatón con las de Nefertiti, con el mismo perfil amanerado y pletórico, en un deseo de presentarse como entidades gemelas.

En el atuendo el cambio también fue bastante radical, y se impuso lo sensual, a través de vestidos plisados, anudados bajo el pecho descubierto, y muy ajustados.

Desde el momento de su matrimonio se sucedieron los embarazos, tras los que dio a luz seis hijas, que se incorporaron también a la iconografía real. La primera, Meritatón, nació en torno al año 5 del reinado. Su segunda hija, Maketatón, nació al año siguiente; al poco Akhesaenpaatón, futura esposa de Tutankamón. Entre los años 8 y 11 llegaron Neferneferuatón-ta-sherit, Neferneferure y Setepenre.

Pero lo que hasta el momento era felicitad, se empieza a transformar en tristeza y dolor con el fallecimiento de cuatro de sus hijas. Después del año 12 fallecieron Neferneferure y Setepenre, y poco después, Maketatón y Neferneferuatón-ta-sherit. Solo Meritatón y Akhesaenpaatón sobrevivieron.

Nefertiti no le dio a Akhenatón un heredero varón. Dicho “honor” le correspondió a Kiya (identificada como con una princesa mitannia), la segunda consorte del faraón, que dio a luz a Tutankamón. A esa mujer también le rodea un manto de misterio. Poco se sabe de ella, aunque es probable que Nefertiti siempre la contemplase como una amenaza. Algunos opinan que la reina incluso se encargó de eliminarla. Lo cierto es que hacia el décimo año del reinado de Akhenatón, la figura de Kiya desaparece, y la de Nefertiti cobra nuevo protagonismo.

Tutankamón irrumpe en la escena de una forma extraña, apareciendo durante los funerales de una de sus hermanas. Un bebé en brazos de una nodriza. Hoy día algunos egiptólogos se inclinan a pensar que la madre de Tutankamón fue precisamente Nefertiti, y no  Kiya

El papel de la reina

Hay mucho debate sobre la importancia de la reina en el gobierno de su marido. Algunos expertos aconsejan no sobreestimar la posición de la reina; otros defienden que gozaba de las mismas prerrogativas, si no más, que el propio Akhenatón. En general se cree que fue parte esencial del éxito de la reforma atoniana.

En una de las representaciones simbólicas, no solo acompaña a Akhenatón cuando este se dispone a golpear a los enemigos, sino que es ella misma la que empuña el arma con un gesto ejecutor. Frecuentemente se ha representado como la personificación de la diosa Isis. Dada su implicación política, es posible que fuera ella la que instigara los cambios políticos y religiosos, y Akhenatón la siguiera, aunque esto es solo una hipótesis basada en algunas evidencias, pero sin fundamento histórico.

Para unos, como el egiptólogo alemán Hermann Schlögl, Nefertiti fue la inspiración y el verdadero motor de la revolución religiosa y la responsable de las extremas transformaciones. Ello lo argumenta por su libre interpretación de una inscripción de la Sala Hipóstila del templo de Karnak, en la que sostiene que la reina declara “haber hallado a Atón”, lo que constituiría la evidencia de su papel primordial.

Lo anterior se contrapone con la idea de Christian Loeben, especialista en el período de Amarna, quien rechaza esta idea, y manifiesta que el papel de Nefertiti muy secundario, sin voz ni voto, ni en el plano político ni en el religioso, y que su imagen se destacó de forma tan el único motivo por el que su imagen fue tan relevante, fue porque convenía a la doctrina del faraón.

Nefertiti desaparece (o todo lo contrario)

En el año 13 del reinado de Akhenaton, Nefertiti asistió a los funerales de sus hijas, y, al poco tiempo, al de la madre del soberano. A partir de aquí, ya en el año 14 del reinado, desaparece por completo de los escritos de los papiros y los grabados de piedra. Algunas hipótesis hablan de una muerte violenta; otros piensan que por algún hecho concreto pudo perder su influencia y prestigio; o incluso, una especie de divorcio.

A partir de aquí, hasta el fallecimiento del faraón, y posteriormente hasta el inicio del reinado de Tutankamón, la cosa se lía bastante.

Para empezar la muerte de Nefertiti no está tan clara. Su desaparición coincide con el ascenso de la princesa Meritatón (hija mayor de Akhenatón) a gran esposa real y la aparición de la fantasmal figura de Smenker, el nuevo corregente del faraón (y esposo de Meritatón). A la muerte de Akhenatón en 1336 a.C. y hasta el inicio del reinado de Tutankamón, aparece en escena Anjjeperure Neferneferuaton, que fue la persona que asumió el poder como nuevo rey. Este nombre lo había utilizado Nefertiti a partir del año 4 de reinado.

Durante mucho tiempo se creyó que este faraón era Smenker. Sin embargo, muchos han querido ver en todo esto el último ascenso de Nefertiti en el poder, pasando de reina-faraón a un faraón masculino, al  igual que hizo Hatshepsut antes que ella, y su hija pasaría a ser la “gran esposa real”.

Hay varias evidencias que pueden apoyar esta tesis: la estatuilla funeraria de la soberana, en la que se menciona a Akhenatón por su nombre, sugiere que falleció antes. También el hecho de que aparezca representada ella sola en un relieve de piedra “aniquilando a los enemigos”, papel que la tradición reservaba a los monarcas, apunta a que sobrevivió a Akhenatón.

Y quizás la más relevante de todas, el sarcófago de granito rosado de Akhenatón, expuesto en el Museo de El Cairo. A diferencia de lo que es habitual, no abrazan sus esquinas el cuarteto de diosas Isis, Neftis, Neit y Selkis, sino cuatro reproducciones de la misma dama bajo el sol radiante de Atón: Nefertiti.

Sin duda su esposa protegería su cuerpo, pero no su legado; unos grafitos descubiertos en una tumba tebana, datados en el tercer año de reinado de Anjjeperure Neferneferuaton, parecen sugerir una tentativa de acercamiento al clero de Amón en el antiguo centro de culto a ese dios. Antes de que el cuerpo de Akhenatón se hubiera enfriado en su tumba, el culto a Atón había empezado a desvanecerse.

Lo que queda claro es que la figura de Nefertiti es muy escurridiza, y todo esto ha despistado a los estudiosos. Así, las opiniones están muy divididas entre pensar que Nefertiti murió (o cayó en desgracia) en el año 14 o todo lo contrario, fue ascendida al rango de corregente masculino y acabó por suceder a su marido al trono. Cada día son más los especialistas que sospechan que, durante esos 4 últimos años, la enigmática dama lideró el gobierno de Egipto.

Tal vez nunca llegaremos a saber la respuesta. En los años que siguieron a la muerte de Akhenatón se destruyeron todos los registros sobre su reino. Se le tachó de hereje y su nombre desapareció de los muros de los templos y las imágenes de Nefertiti fueron mutiladas.

Lo cierto es que cuatro años después del fallecimiento de Akhenaton, llegó al trono Tutankatón (“la viva imagen de Atón”) con nueve años de edad. Abandonó Amarna, que enseguida se convirtió en una ciudad en ruinas, para trasladarse con toda su corte a Menfis, la antigua capital política y administrativa. Posiblemente por las presiones del estamento sacerdotal deshizo todo lo que había realizado su padre: restauró el culto a los dioses antiguos, devolviendo a Tebas su consideración como centro religioso del país; desterró al dios sol y restituyó a Amón-Ra, y se cambió el nombre para adoptar el de Tutankamón

La tumba de Nefertiti

Desde los inicios de la egiptología, encontrar la tumba de Nefertiti ha sido uno de los grandes retos de los arqueólogos. Aunque es probable que la primera idea debió de ser que Nefertiti fuese enterrada en una de las cámaras de la tumba que Akhenatón se hizo construir en Akhetatón (TA 26), réplica a la necrópolis del Valle de los Reyes, el destino de su tumba sigue siendo un enigma.

En 1898, se descubrió la tumba del faraón Amenhotep II, numerada como KV35. Se trata de una tumba con el techo de la cámara sepulcral decorado con estrellas sobre un fondo azul oscuro e incluye en su decoración figuras del rey realizando actos rituales frente a Osiris, Anubis y Hathor.

En una segunda cámara se encontraron tres momias desvendadas en el suelo que tardaron más en ser identificadas. Una mujer madura, a la que se conoció como la “dama anciana” identificada en 2010 como la reina Tiy, esposa principal del rey Amenhotep III (padre de Akhenatón); un príncipe niño (tal vez Webensenu un hijo de Amenhotep II), y lo que se pensó inicialmente que era un muchacho joven, y que más tarde en una exhaustiva inspección se demostró que era la momia de una mujer, que fue bautizada como "dama joven" (identificada en los análisis de ADN de 2010 como hija de la “Dama Anciana” (Tiy) y Amenhotep III.

Se selló la sala en la que aparecieron las momias y así permaneció hasta que en 1993, cuando Joann Fletcher, la eminente y televisiva arqueóloga de la Universidad de York, propuso la hipótesis de que la “dama joven” es la propia Nefertiti.

Fletcher, se tropezó en el Museo del Cairo con una peluca de estilo nubio, muy popular en la corte de Akhenatón y que solía usar Nefertiti. La peluca había sido descubierta en la tumba KV35. Fletcher solicitó que volvieran a abrir la sala sellada para estudiar a quién pertenecía la peluca. Lo que allí descubrió es que la única momia a la que podía pertenecer era a la de la “Dama Joven”, cuya cabeza había sido afeitada. Esa falta de cabello enfatizaba un cuello muy largo.

Otros estudios posteriores revelaron que la mujer había muerto entre los veintitantos y los treinta y pocos años. Además, la parte inferior del rostro había sido destrozada, un castigo peor que la muerte según la tradición egipcia. Esta teoría ha sido desestimada por muchos egiptólogos.

En 2015 Nicholas Reeves, un prestigioso egiptólogo británico encontró unas marcas en la tumba de Tutankamón (KV62), que, según él, podían indicar la existencia de cámaras secretas tras esas paredes. Para  comprobarlo se valió de un radar. Después de tres años de estudio, no se encontró nada.

Recientemente otro investigador, concretamente el arqueólogo Mamdouh Eldamaty –que fue ministro de Antigüedades de Egipto hasta 2016 y ahora es investigador en la Universidad Ain Shams de El Cairo– y su equipo han estudiado con un radar de alta penetración las proximidades de la tumba de Tutankamón (KV62).

Los resultados muestran la presencia a escasos metros al este de la cámara funeraria, de un pasadizo inédito hasta el momento, de unos dos metros de altura y diez de longitud, a la misma profundidad que la cámara funeraria de Tutankamón y que corre paralelo al corredor de entrada de la tumba. Aunque no está confirmado que este espacio forme parte de la tumba del faraón niño o si pertenece a otra tumba vecina, los investigadores creen que su orientación, perpendicular al eje principal de la KV62, sugiere que existe una conexión.

El motivo por el que se cree que la tumba de Nefertiti pueda estar ahí se basa, por un lado en que la tumba de Tutankamón es inusualmente pequeña para ser un enterramiento real, lo que podría significar que habría sido modificada. Si a eso le añadimos que el equipo de investigadores encontró un largo espacio en el lecho de roca que corre paralelo al corredor de entrada a la tumba, podría indicar que la inicial cámara funeraria podría haber sido dividida, y en ese espacio desconocido hasta la fecha podría contener la tumba de Nefertiti, que hubiera sido enterrada en un faraón.

Lo que está claro es que el misterio en torno a la tumba secreta de Nefertiti siempre vuelve. Pero tendremos que esperar para comprobar qué novedades aporta esta interesante investigación.

El busto de Nefertiti

El 6 de diciembre de 1912, durante unas excavaciones encabezadas por el egiptólogo alemán Ludwig Borchardt, en Tell el-Amarna, en el estudio del escultor real Tutmose, el obrero Mohammed Ahmes Es-Senussi notó que su pala chocaba contra algo duro, retiró con un cepillo la tierra y descubrió los brillantes colores de una obra muy antigua. Llamó a Borchardt que les indicó que dejaran las herramientas y continuaran con las manos.

Acababan de descubrir un hermosísimo busto, una escultura policromada de 48 cm de altura y 3.260 años de antigüedad. La escultura se había labrado en un bloque de caliza, retocado con yeso y pintado. Tenía las orejas dañadas y había desaparecido la incrustación del iris del ojo izquierdo, pero por lo demás la pieza estaba indemne.

Toda la arena de la zona fue tamizada en busca de la pupila, pero solo fueron encontrados los fragmentos de oreja rotos. Posteriormente se comprobaría que nunca había sido insertada en la cavidad ocular, ya que no existen restos de pegamento en la cuenca izquierda.

Probablemente el busto no se concibió para exponerse en ningún templo, sino para utilizarse como un modelo de escultor, ya que el busto nunca existió como un género en el arte faraónico. En el taller se encontraron otros muchos modelos de cabezas de miembros de la familia real y de la corte.

Tras el descubrimiento comprobaron que se trataba del busto de Nefertiti. El busto no tenía inscripción alguna, pero la corona fue determinante para su identificación. Borchardt enseguida se dio cuenta de la trascendencia del descubrimiento. Entusiasmado, anotó en su diario: “Tenemos en nuestras manos la obra de arte egipcio más llena de vida”. La intemporalidad y el atractivo sugeridos por el famoso busto pintado de Nefertiti han adquirido estatus de leyenda y ha conformado el canon de belleza que rige en el Occidente actual.

A partir de aquí, la historia de esta pieza extraordinaria estuvo envuelta en la polémica debido a la forma en que salió de Egipto. El imperio alemán tenía un acuerdo con el Servicio Superior de Antigüedades de Egipto para repartirse los hallazgos de las exploraciones arqueológicas al 50%. Al final de la campaña, en enero de 1913, Borchardt había incluido el busto de Nefertiti en su lista de objetos para trasladar a su país, pero lo anotó como una pieza de yeso sin valor, la escondió en una caja, presentando a las autoridades un mal retrato del mismo.

A pesar de que las autoridades locales habían endurecido las leyes sobre aquello que podía abandonar el país, el inspector al cargo, el epigrafista y papirólogo francés Gustave Lefebvre, no reparó en el valor del busto y autorizó su salida.

Tras su hallazgo fue adquirido por el empresario y coleccionista alemán James Simon, que lo donó al Ägyptisches Museum Berlin (Museo Egipcio de Berlín).  El káiser alemán, Guillermo II, quedó fascinado de la belleza de la reina y encargó una réplica exacta para él.

Presentado al público por primera vez en 1924, estalló la locura. La exposición berlinesa causó sensación, y de la noche a la mañana la figura de Nefertiti saltó a la fama. Convertida en una estrella muda, enseguida llenó las portadas de las revistas de todo el mundo.

Nefertiti encajaba con el espíritu de la época. Su belleza hizo que sectores como el de la moda o la publicidad se apropiaran de esta imagen inmortal. Una casa francesa de cosméticos utilizó su imagen para publicitar maquillajes; fue representada con pendientes y gargantilla de la casa Monet. Con su nombre se bautizaron perfumes y aceites y su figura decoró los carteles publicitarios de todo tipo de empresa. Aún hoy existe en Bonn una clínica de cirugía estética llamada Nefertiti.

Se desató un problema diplomático entre Alemania, Egipto y Francia (que se encontraba al frente del Servicio Superior de Antigüedades de Egipto). Hasta hoy han sido reiteradas las negativas de devolverla a su lugar de origen, ya que Berlín alega que el busto fue comprado legalmente por el estado prusiano.

En los años 30, estuvo a punto de regresar al valle del Nilo, ya que el comandante de la Luftwaffe, Hermann Wilhelm Göring, sugirió devolverla para obtener los apoyos de Egipto, pero Hitler se negó rotundamente, nombrándola su icono: “Nunca renunciaré al busto de la Reina. Conozco el busto. Lo he observado, maravillado, muchas veces y me deleita siempre. Es una obra maestra única, un verdadero tesoro”.

La polémica se avivó recientemente cuando se alzaron algunas voces dudando de su autenticidad. Incluso, el egiptólogo suizo Henri Stierlin afirmó en 2009 que la escultura solo era una broma de Borchardt, que habría pedido a uno de los restauradores hacer un busto siguiendo el modelo de los otros encontrados. Una vez presentado en público durante la visita que la familia real alemana realizó al yacimiento de Tell el-Amarna en el curso de las excavaciones, el engaño se habría mantenido.

Hace unos años Dietrich Wildung, entonces director del Museo Egipcio de Berlín, dirigió un estudio del busto de la reina sometiendo la a una tomografía axial computarizada (TAC), una técnica de imagen con escáner que, milímetro a milímetro, desveló un hallazgo que dejó sin habla a los investigadores: en el interior del busto estaba el rostro de otra escultura esculpida en piedra caliza de una mujer de edad avanzada, hombros caídos, nariz imperfecta, cuello fino y profundas arrugas en torno a la boca.

El artista del taller del maestro escultor Tutmosis había aplicado sobre ella varias capas de yeso hasta modelar el rostro perfecto que hoy conocemos. Esto, según algunos autores, podría significar que acomodaron el busto a los cánones de la época, y el verdadero rostro sea el de debajo. El artista remodelaría el busto eliminando algunas imperfecciones al realizar el recubrimiento más externo.

En el mundo real no existe una persona con una simetría tan absoluta de los dos hemisferios faciales. Tras analizar todas las mediciones y los datos del TAC, el egiptólogo llega a una conclusión: “Simplemente es demasiado perfecta. Es imposible que alguien tenga cada uno de los dos ojos situados a la misma distancia exacta con respecto a la punta de la nariz”.

Pero por otro lado, cuando hablamos de los cánones del arte Amarna, sabemos que es completamente realista. Por ello, a la tesis anterior quizás habría que darle la vuelta, y pensar que el núcleo fuera tosco, como un boceto y con el estuco exterior, le dieran la forma con el aspecto que real de Nefertiti. No hay que olvidar que su nombre “la bella ha llegado” sería por algo …

El busto de Nefertiti está considerado una de las grandes obras de arte de todos los tiempos. Es de tal realismo, que el escultor probablemente tuvo que estudiar detenidamente la anatomía humana, para poder representar incluso los tendones de la garganta o el color de la piel.

Realizado en caliza policromada y revestido de estuco, posee 48 cm de altura y un peso aproximado de 20 kilos. La piel del rostro posee un tono rojizo claro, que le da un aspecto “bronceado”, una muestra más del gran realismo de la época de Amarna (el canon en el color del rostro femenino en el Antiguo Egipto eran tonos amarillentos muy claros). Su perfil es suave, de nariz recta y pequeña, y ojos almendrados, pintados de Kohl (cosmético a base de galena molida) negro.

Sólo tiene una de las pupilas, realizada con pasta de color y recubierta por un disco de cristal de roca. Los labios, carnosos y perfectamente delimitados, también son característicos de este período, y poseen un color rosa intenso. Presenta un mentón sugerente y pómulos altos y marcados.

La reina esboza una leve y misteriosa sonrisa que algunos han querido comparar con la de la Gioconda. Su cuello es muy estilizado, de cisne, y los hombros están cercenados. Las orejas son pequeñas y con gran detalle, a pesar de faltarle algunos fragmentos.

Posee una corona muy alta de color azul, diseñada expresamente para ella, que fue determinante para identificar a quién representaba el busto. Alrededor de la corona lleva acoplada una banda amarillo oro con incrustaciones rojas, verdes y azules. El collar es del mismo estilo que la banda de la corona, con fondo color oro e incrustaciones de los mismos colores.

El busto de Nefertiti es la representación de la belleza más perfecta que se conoce en el Antiguo Egipto. Esperemos que algún día regrese al lugar de donde nunca debió salir.

Nefertiti hoy

Más allá de conjeturas, la bella Nefertiti mantiene intacta su capacidad de fascinación. Solo hay que visitar el Museo Egipcio de Berlín para darnos cuenta de ello. En el segundo piso, el largo recorrido a través de la Sala de las Nióbides nos conduce a la pequeña Sala de la Cúpula Norte, en cuyo centro se encuentra la vitrina que acoge la legendaria escultura. Desde ella Nefertiti recibe en audiencia diaria a los visitantes que desearían quedarse a solas con la reina aunque solo sea unos preciosos instantes. Su mirada parece preguntarnos qué sabemos de ella.

En realidad no sabemos nada. Nadie sabe si ocupó el puesto más alto de Egipto al enviudar, o si por el contrario murió antes que su esposo; si es la "Dama Joven" de la tumba KV 35, o si sufrió destierro y se hizo desaparecer su cadáver. Si era brutal y autocrática, o amable, cariñosa y alegre, si era menuda y delicada, o corpulenta y fuerte.

Nefertiti continúa siendo un enigma. Y en eso radica la verdadera magia de su leyenda.

 

Experiencias únicas durante nuestro viaje a EGIPTO con VAGAMUNDOS:

- Disfrutar de una experiencia única acompañados por dos de los mejores guías egiptólogos del país, como son Ahmed Abbas y Khaled Mohedin, que nos dará la posibilidad de conocer los monumentos más importantes de Egipto y su historia, en lo que será un fascinante viaje en el tiempo. 

- Pasear por LUXOR, el lugar con mayor cantidad de monumentos antiguos del país, como los templos de Karnak y Luxor, o ya en la orilla occidental, en el Valle de los Reyes,  penetrar en los secretos de las tumbas de sus faraones, y templos como el de Deir el-Bahari que hizo construir la reina Hatshepsut.

- A través de un paisaje que no ha cambiado mucho desde tiempos de los faraones, visitar uno de los lugares más sagrados del país, el Templo de Abidos

- Disfrutar de un CRUCERO POR EL NILO en una de las experiencias más emocionantes y románticas del mundo, que nos permitirá apreciar la belleza del paisaje y visitar algunos de los templos más importantes como Edfú o Kom Ombo.

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- Navegar en faluca por el Nilo presenciando escenas que no han variado desde hace siglos. 

- Visitar el poblado nubio de Gharb Soheil, donde descubriremos la vida cotidiana del pueblo más auténtico de Egipto, y cuya singular belleza parece encerrar todo el misterio del Antiguo Egipto.

- Llegar hasta ABU SIMBEL, y contemplar los dos extraordinarios templos, el de Ramsés II y el de su esposa Nefertari, después de que fueran reubicados, piedra a piedra, en su emplazamiento actual para protegerlos por la subida de nivel del agua por la construcción de la presa de Asuán.

- Navegar, durante un SEGUNDO CRUCERO por el LAGO NASSER, en una atmósfera de silencio y recogimiento, experimentando la misma sensación que debieron sentir los descubridores por primera vez. 

- Cuatro noches en EL CAIRO, dan para mucho, aquí tiene cabida: El Cairo musulmán con sus mezquitas medievales, y El Cairo Copto, con sus iglesias ortodoxas; Menfis, la mayor ciudad del Egipto faraónico y capital de las primeras dinastías; la necrópolis de Sakkara, con la Pirámide escalonada de Zoser Y las bellas mastabas. Y claro, también aprovechar el tiempo de las compras en el mercado de Khan El Khalili

- ¡¡¡Cómo nos vamos a olvidar de la meseta de Gizeh, con las inconcebibles pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos y la enigmática Esfinge!!!

- Y después de las Pirámides, el Gran Museo Egipcio de Giza que se encuentra a menos de 2 km, con más de 50.000 piezas escogidas, entre las que se encuentran todas las halladas en la tumba de Tutankamón, así como algunos de los sarcófagos descubiertos recientemente en Sakkara, en el hallazgo más importante de los últimos años.

- Una buena despedida del país es visitar ALEJANDRÍA, ciudad fundada por Alejandro Magno, que fuera centro cultural del Mundo Antiguo, con su histórica biblioteca, y que hoy es una bonita y tranquila urbe mediterránea, que todavía conserva restos como las catacumbas de Kom ash-Shuqqafa, del s. II, la necrópolis grecorromana más grande de Egipto, o la columna de Pompeyo, que formaba parte del Serapeum, el tempo dedicado a Serapis. También es digno de contemplar la nueva Biblioteca de Alejandría, con su fachada circular elaborada con granito de Asuán.

Artículo elaborado por Eugenio del Río

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