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Viaje a Nápoles y la Costa Amalfitana II: días 4 y 5, ciudad de Nápoles, Rione Sanità, Palacio Real de Caserta | Los viajes de Vagamundos día a día

Publicado el 08/10/2021 en

Segunda entrega de nuestro recorrido por tierras italianas. En esta ocasión, dedicamos un día completo a la visita de la ciudad de Nápoles. Al día siguiente, por la mañana realizaremos el recorrido de “Il Miglio Sacro” (la milla sagrada) por el Barrio de la Sanità, conocido como la "Nápoles Insólita".

Día 4: NÁPOLES: visita ciudad

Desayuno buffet en el hotel.

“Ve Nápoles y, después, muere”. Con esta frase resumió en una de sus cartas el autor romántico Johann Wolfgang von Goethe, la impresión que le produjo la visita de esta ciudad. El alemán disfrutó de las bondades de Italia durante un largo viaje a finales del siglo XVIII, y una de las ciudades que más le sorprendió y cautivó fue precisamente Nápoles. Después de visitarla, nada volvería a ser igual para él.

Capital de la región de Campania, NÁPOLES es la tercera ciudad más grande de Italia, además de una de las más antiguas, artísticas y hermosas. Su centro storico, es Patrimonio de la UNESCO, sus tesoros arqueológicos figuran entre los más importantes del mundo y la cantidad de palacios castillos e iglesias, hace de la ciudad un lugar absolutamente imperdible. Su población actual ronda el millón de habitantes, y la ciudad metropolitana supera los 3 millones.

Nápoles se construyó muy cerca de la colonia griega de Parthénope. En la mitología griega Parthénope era la menor de las tres sirenas que desde las rocas de Capri intentaron seducir con sus cantos a Odiseo, quien se ató al mástil de su barco, consiguiendo ser el único mortal en escuchar los  bellos cantos sin morir ahogado después. La sirena, desesperada, se ahogó de pena y su cuerpo llegó a la costa, donde se levantó la ciudad vieja.

Comenzamos la visita de de la ciudad con el Museo Archeologico Nazionale, que exhibe una de las más importantes colecciones de arte griego y romano del mundo. El edificio, que comenzó siendo a fines del siglo XVI una antigua caballeriza, se convirtió en 1615 en el antiguo Palazzo dei Regi Studi (Palacio de los Estudios Reales), sede de la Universidad de Nápoles. Al trasladarse la Universidad a otro lugar en 1777, el edificio se adaptó para acoger la Biblioteca y el Real Museo  Borbónico, fundado por el Borbón Carlos VII para albergar las antigüedades heredadas de su madre, Isabel Farnesio, además de tesoros saqueados de Pompeya y Herculano.

Os resumimos lo más relevante de museo en cada planta:

El sótano acoge las colecciones Egipcia y Epigráfica, con obras que abarcan desde el Imperio Antiguo (2700-2200 a.C.) hasta la época romana. El Naóforo Farnesio, de basalto negro, representa a un funcionario arrodillado. Además de momias humanas y animales, la sección incluye canopos (recipientes donde se guardaban las entrañas de los muertos) y una colección de Ushebti, pequeñas estatuillas que representaban a los sirvientes del difunto y se depositaban en su tumba.

En la planta baja, las colecciones de esculturas romanas y gemas del fondo Farnesio, y las secciones dedicadas a los complejos decorativos procedentes de Herculano y las estatuas romanas halladas en Campania. Se trata de una excepcional colección de esculturas romanas de época imperial con valiosas copias de originales clásicos y helenísticos que de otra forma se habrían perdido para siempre.

Destacamos el Toro Farnese, una copia romana de un original griego. Esculpido a principios del siglo III, se trata del mayor grupo escultórico que nos ha legado la Antigüedad, y muestra la humillante muerte de Dirce, reina de Tebas, quien tras haber maltratado a Antíope, fue atada a un toro furioso por los hijos de ésta. Tallada de un único bloque colosal de  mármol, la escultura fue descubierta en 1545 cerca de los baños de Caracalla en Roma y restaurada por Miguel Ángel. En 1787 fue enviada a Nápoles.

Otra escultura importante es el Hércules, descubierto en las mismas excavaciones romanas, aunque sin piernas. Cuando éstas aparecieron, se restituyeron en época de los borbones. Cincelada por Glicón de Atenas, se trata de una copia del siglo III agrandada, de una escultura del maestro griego Lisipo. Al parecer Napoleón se arrepintió de no habérsela llevado en 1797.

La estatua de Artemisa de Éfeso, de bronce y alabastro, del siglo II d.C., cuyos múltiples senos simbolizan la fertilidad. Las esculturas de Harmodio y Aristogitón, considerados como dos héroes y tratados como mártires de la libertad, tras el derrocamiento de Hipias, pese a que su tiranicidio estuviera provocado por razones personales; otra copia romana, de un original cuyos autores fueron Kritias como escultor y Nesíotes como broncista. 

En el entresuelo, las colecciones de mosaicos, el gabinete secreto y la sección Numismática. Los mosaicos proceden del área vesubiana y datan desde el siglo II a.C. hasta el año 79 d.C. Constituyen un excepcional testimonio de la vida, costumbres y creencias de los romanos. Destacamos, de la serie procedentes de la Casa del Fauno en Pompeya, La batalla de Alejandro contra Darío, un espléndido mosaico de gran tamaño (3,42 x 5,92 m) inspirado en una pintura helenística, que muestra a Alejandro Magno guiando a su caballería contra Darío III, emperador de Persia, que huye en su carro. Fue realizado en Italia por artesanos alejandrinos a finales del siglo II a.C. 

En el Gabinete Secreto, se fueron guardando todas las piezas de contenido erótico halladas en Pompeya y otros yacimientos de Campania. Estuvo cerrado al público durante mucho tiempo por  pudor. Guarda una colección de 200 esculturas y frescos de tema erótico hallados en Pompeya y otros yacimientos de la Campania. En una de las esculturas halladas en Herculano, Pan y la cabra, un pequeño grupo marmóreo en el que el dios griego Pan  (o Fauno en la mitología romana), es sorprendido con una cabra hembra. También encontramos pinturas eróticas de las casas de Pompeya, una especie de repertorio de servicios para clientes de los burdeles. 

El primer piso, está en gran parte dedicado a los descubrimientos de Pompeya, Herculano, Boscoreale, Stabiac y Cumas. Podemos encontrar las admirables colecciones  pompeyanas de frescos, las secciones dedicadas a la villa de los papiros de Herculano y el templo de Isis de Pompeya, y las secciones de Prehistoria y Protohistoria.

La enorme Sala Meridiana, antiguamente la biblioteca real, alberga el Atlante Farnese, una escultura de mármol del siglo II d.C., de Atlas llevando el globo terráqueo en sus hombros.

Los frescos constituyen un documento excepcional de la pintura romana desde los últimos tiempos de la República hasta el Imperio. Representan temas mitológicos y literarios,  naturalezas muertas, paisajes, escenas de la vida cotidiana y retratos, entre los que destaca el retrato de Paquio Próculo y su mujer, de finales de la época neroniana.

El fresco pompeyano El sacrificio de Ifigenia, donde Ifigenia, hija de Agamenón, está a punto de ser sacrificada a Artemisa, que le salva la vida aceptando un ciervo a cambio. Otro fresco interesante es La Primavera, procedente de Villa Ariana,  una obra maestra de gracia y elegancia, donde la figura femenina está plasmada con inusuales colores suaves y delicados.

A continuación nos trasladamos al centro histórico (DECLARADO PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD POR LA UNESCO EN 1995), una fascinante mezcla urbana de claustros, capillas secretas y pizzaioli (fabricantes de pizzas). Sus tres decumanus (calles principales), que van de este a oeste, siguen el trazado de calles original de la Nápoles grecoromana. La más importante es la vía Spaccanapoli  (literalmente, “parte Nápoles” o “rompe Nápoles”), una línea recta que corta la ciudad por la mitad, desde el Barrio Español hasta Forcella. Esto tiene su origen en el antiguo decumano inferior de la ciudad romana de Neapolis. Sin embargo, su existencia se remonta aún más en la historia, hasta los tiempos griegos de la ciudad de Parténope. Más allá de su importancia histórica y a nivel urbanístico, Spaccanapoli es una de las principales arterias turísticas y comerciales de la capital de la región de Campania, el corazón palpitante de Nápoles, donde conviven los muchos aspectos y contradicciones de la ciudad.

Durante el recorrido a pie a lo largo de sus callejones descubriremos fascinantes plazas, numerosas iglesias barrocas y fachadas de edificios históricos. Por todo esto ha sido calificada como “museo al aire libre”. Pasaremos por la vía Maschio Angioino, vía Partenope y los Jardines Comunales, hasta llegar a la Piazza del Gesù Nuovo, lugar de encuentro nocturno de estudiantes. En el centro se alza la Guglia dell’Immacolata, de Giuseppe Genuino, un obelisco barroco de 30 m de altura erigido en 1750, plagado de santos jesuitas, medallones y ángeles en sus distintos niveles, hasta llegar a la estatua de cobre de la Inmaculada en la  cima. En la plaza se encuentra la Chiesa del Gesù Nuevo, con su peculiar fachada almohadillada con punta de diamante que formó parte antaño del gran palacio de Sanseverino, de los príncipes de Salerno. Los jesuitas la conservaron cuando compraron el edificio, que en 1584 fue transformado en la vasta iglesia actual.

Seguimos nuestro paseo hasta llegar al conjunto monástico de Santa Chiara, uno de los monumentos más importantes de Nápoles. Erigido en 1310 por orden de Roberto I de Anjou y su devota mujer Sancha de Mallorca, se construyó para albergar a 200 monjes y como panteón de los soberanos angevinos. En el siglo XVIII, las líneas góticas del templo quedaron difuminadas al añadírseles una elaborada ornamentación barroca. En el corazón del complejo se alza la Basílica di Santa Chiara, gravemente dañada durante la II Guerra Mundial, lo que hoy vemos es una reconstrucción del siglo XX del templo original de Gagliardo Primario, del siglo XIV.

La fachada, de toba caliza, tiene como única decoración un gran rosetón. Se encuentra precedida por un imponente pronaos en el que se aprecia sobre la portada de mármol, el escudo de armas de la reina Sancha de Mallorca. A su lado se encuentra el campanario, que conserva la base primitiva, con inscripciones góticas que describen la fundación de la iglesia.

Su interior es sencillo y austero típico de una iglesia franciscana (la reconstrucción del siglo XX recuperó el estilo gótico original), formada por una amplia sala rectangular cerrada por una pared lisa, que separa el coro de las monjas. Sobre el altar, un bello crucifijo de madera del siglo XIV de autor desconocido.

Cerca del ábside se halla el notable grupo escultórico de las tumbas reales angevinas, donde destaca lo que queda del sepulcro de Roberto de Anjou, el monumento fúnebre de mayor tamaño del medievo italiano, obra de los florentinos Giovanni y Pacio Bertini (1345). También destacan las tumbas de Carlos de Calabria y su esposa Maria de Valois, obra de Tino da Camaino.

A través de la sacristía se accede al coro de las clarisas, un destacado testimonio del gótico en Nápoles, que Leonardo di Vito concibió como una iglesia autónoma de tres naves. Posee fragmentos de frescos (1326) en los que se intuye la mano de Giotto y su escuela. A través del patio de la iglesia se pasa al claustro de las clarisas, del siglo XIV, aunque reformado por completo tres siglos después por Domenico Antonio Vaccaro, con un estilo rococó algo más frívolo.

De carácter laico y sin ningún tipo de referencia a lo sagrado, destacan, por encima de todo, los 72 pilares octogonales unidos por bancos y cubiertos por la resplandeciente decoración creada por 30.000 mayólicas pintadas por Donato y Giuseppe Massa, en las que los colores –amarillo, verde y azul–, son los mismos que del cielo y la vid, las glicinias y los limones que crecen entre los pilares en que se apoyan las pérgolas, en una especie de fusión entre lo creado por el hombre y por la naturaleza.

Almuerzo en restaurante local.

Continuamos la visita de la ciudad y llegada a la Capella Sansevero, originariamente construida a finales del siglo XVI para albergar las tumbas de la familia Di Sangro, esta capilla de inspiración masónica, adoptó su actual decorado barroco a mediados del siglo XVIII, cuando el príncipe Raimondo di Sangro encargó a los mejores artistas que la adornasen.

La entrada provoca una gran impresión debido al equilibrio de los espacios y el color de los mármoles; todo ello coronado por una bóveda que luce los frescos de Francesco Maria Russo.  El suelo de mármol policromado original sufrió desperfectos tras un derrumbamiento en 1889, y solo queda parte del original en el pasillo del lado derecho de la capilla.

La colocación de los sepulcros familiares representa un camino iniciático masónico. En cada uno de los grupos escultóricos, una figura alegórica representa a un miembro de esta familia: la Modestia (a la izquierda del altar), de Antonio Corradini, está colocada sobre la tumba de la madre del príncipe. Sobre la de su padre Antonio, duque de Torremaggiore, hombre que tras la muerte de su esposa abandonó a su hijo y se decantó por una vida disoluta, se encuentra el Disinganno (Desengaño), de Queirolo.

Pero el centro de interés de esta capilla familiar es el Cristo velado, obra maestra del escultor napolitano Giuseppe Sanmartino (1723-1793). Esculpida en un único bloque de mármol, la figura yacente de Cristo, de increíble realismo y belleza, se cubre con finísimos velos. La obra es el símbolo de la verdad absoluta y representa el último grado de conocimiento masónico.

En la cripta se exponen dos máquinas anatómicas, el inquietante resultado de los experimentos del misterioso Raimondo di Sangro, halladas en los sótanos de la capilla un siglo después de su muerte. Se trata de dos esqueletos humanos, pertenecientes a un hombre y una mujer, que presentan un modelo anatómico del sistema circulatorio humano, así como algunas de sus vísceras. Aunque en el pasado se pensó que el método utilizado para su creación estuviera relacionado con la alquimia o con algún tipo de embalsamamiento temprano, en un análisis realizado en el año 2007 se concluyó que ambos  modelos fueron fabricados artificialmente. Sin embargo, los esqueletos sí serían de procedencia humana.

Las historias sobre este misterioso príncipe –inventor, alquimista, amante de la ciencia y del ocultismo, y gran maestro de la masonería– que en el siglo XVIII llenó con su peculiar proceder las crónicas locales, han engendrado leyendas que lo retratan como demonio o hechicero.

Seguimos nuestra caminata, y pasamos por la vía San Gregorio Armero, con sus tiendecitas y negocios de artesanos de belenes; cruzaremos la Piazza San Gaetano, donde encontramos una estatua de santo construida en 1664 por Cosimo Fanzago como un voto por la desaparición de la peste. 

Finalmente, llegamos al DUOMO, la Catedral de Nápoles, el santuario más importante de la ciudad. Comenzada por orden de Carlos I de Anjou a finales del siglo XIII, fue consagrada en 1313, ya con Roberto de Anjou. La iglesia absorbió edificios cristianos anteriores y ha sufrido cambios radicales con el paso de los siglos, entre ellos la fachada, de 50 m de altura y estilo neogótico, añadida a finales del siglo XIX.

Conserva las puertas de Antonio Baboccio (1407). El interior es de tres naves con pilares a los que se han adosado antiguas semicolumnas de granito; llama la atención el dorado artesonado de la nave central, de estilo manierista tardío, que enmarcan obras de pintores tardomanieristas.

La primera capilla de la izquierda es la Cappella Minutolo, que conserva la estructura y decoración góticas primitivas; el pavimento de mosaico y los frescos del siglo XIII son obra de Montano de’Arezzo. En los sepulcros se pueden ver los restos de algunos miembros de la familia de los Minutolo, entre ellos destaca, en el altar, el fastuoso sepulcro del cardenal Arrigo Minutolo, obra de marmolistas romanos; también el sarcófago del cardenal Filippo Minutolo (a la derecha) decorado con mosaicos cosmatescos (con incrustaciones).

En esta capilla se desarrolla el episodio de Andreuccio da Perugia, un ingenuo joven que se queda encerrado dentro de la tumba junto al cardenal recién fallecido, que forma parte de la famosa obra de Boccaccio, Decamerón. La capilla Tocco, con hermosas bóvedas sobre capiteles decorados con hojas, se encuentra ornamentada con frescos de Pietro Cavallini. El ábside, que al igual que el presbiterio fue decorado por artistas romanos en la década de 1840, acoge el altar de la Asunción, en mármol y estuco, de Pietro Bracci.

Dos escaleras bajan a la capilla renacentista Succorpo (Carafa), construida cuando a finales del siglo XV las reliquias de San Jenaro, el santo más querido por los napolitanos, se trasladaron hasta aquí desde el Monasterio de Montevergine. Se trata de un raro ejemplo de arquitectura renacentista (según algunos incluso pudo haber sido diseñada por el gran Donato Bramante, el arquitecto de la Basílica de San Pedro).

La capilla consiste en una cripta rectangular dividida en tres naves por columnas de mármol, con techo con casetones, también de mármol, decorado con bajorrelieves que representan a santos, doctores de la Iglesia, los cuatro evangelistas y a la Virgen con el Niño. Hay que fijarse en el esmero con el que está labrado el manto que se extiende por la espalda de la imponente estatua Oliviero Carafa orante, arrodillado mientas reza y mira hacia el altar donde se custodian los restos de San Jenaro.

La nave izquierda conduce hasta la antigua Basílica de Santa Restituta, del siglo IV, pero transformada casi por completo tras el terremoto de 1688. Venerada antes de que se difundiese el culto a San Jenaro, Restituta fue una sirvienta africana que llegó a ser la patrona de Isquia después de haber sido martirizada por haberse convertido al cristianismo. Esta basílica, con cinco naves, se incorporó a la  construcción de la Catedral gótica del siglo XIV. A pesar de lo poco que queda de ella, es sin embargo  un raro ejemplo de la arquitectura durante los orígenes del cristianismo, de la que se conservan el suelo de mosaicos original y algunas columnas bastante antiguas.

En la última capilla de la izquierda está el bello mosaico de los santos Gennaro y Restituta, ejecutado por Lello da Orvieto en 1322. Desde aquí se llega al baptisterio, realizado entre finales del siglo IV y principios del V con su espléndida decoración de mosaicos, parcialmente perdida. A un lado de la nave lateral derecha, se encuentra la Cappella di San Gennaro (o del Tesoro), diseñada por Giovanni Cola di Franco y completada en 1637 por el arquitecto Francesco Grimaldi.

Está diseñada como una iglesia dentro de la iglesia, cuyo ingreso monumental a lo largo de la nave derecha del Duomo, hace las veces de fachada. La entrada a la capilla es el triunfo de un barroco lujoso, inmerso en una luz dorada. Erigida como cumplimiento de la promesa realizada por la ciudad durante la peste de 1527, no se reparó en gastos y trabajaron en ella los mejores artistas barrocos de Nápoles. A través de una gran cancela se accede al interior, donde podemos admirar la cúpula, en la que se representa el Paraíso, pintada al fresco por Giovanni Lanfranco en 1643. En las bóvedas, lunetas y pechinas, los frescos de Domenichino. Muy destacado es el cuadro del altar lateral derecho de José de Ribera, San Genaro saliendo ileso del horno. El objeto más preciado de la capilla es el relicario en el que se guarda el busto de San Gennaro, y las dos botellitas con la sangre que se licua, obra maestra de la orfebrería gótica.

Alojamiento en STARHOTELS TERMINUS.

Día 5: NÁPOLES – Rione Sanità – Regia de Caserta – NÁPOLES

Desayuno buffet en el hotel.

A pesar de su innegable embrujo, son muchos los turistas que se quedan en la superficie napolitana y no llegan a profundizar en sus encantos. Sin embargo, todos aquellos que se atreven a rascar y adentrarse en las maravillas escondidas, acaban tan enamorados de Nápoles como Goethe. Uno los esos lugares con un hechizo especial es el barrio de la Sanità.

Por la mañana tendremos una excursión diferente por la zona más sorprendente de Nápoles. El RIONE SANITÀ es para muchos el barrio más auténtico de la ciudad, de hecho, gran número de artistas y bohemios se han trasladado al mismo a vivir. El rione Sanità se levantó a finales del siglo XVI en un valle utilizado desde la época greco-romana como lugar de sepultura. En este barrio se encuentran hipogeos helenísticos (galerías subterráneas excavadas con funciones funerarias) y catacumbas paleocristianas, que establecen una fuerte relación entre el hombre y la muerte que ha continuado con el paso de los siglos, como atestigua el cementerio delle Fontanelle, utilizado para albergar las víctimas de la gran peste del 1656.

Realizaremos el itinerario conocido como “Il Miglio Sacro” (la milla sagrada) un recorrido de 1 km que atraviesa el barrio y nos llevará aproximadamente cuatro horas.

La ruta parte de la Basilica della Incoronata Madre del Buon Consiglio, (Madre del Buen Consejo), imponente construcción moderna (1920-60) inspirada, tanto el exterior como el interior, en la basílica de San Pedro de Roma. La basílica fue construida como homenaje a la pintura de la Madre del Buen Consejo, un lienzo creado en 1884 que, al parecer, enseguida resultó milagroso: ese mismo año  acabó con la epidemia de cólera y en 1906 detuvo las cenizas del Vesubio que habían azotado Nápoles. Debido a la gran cantidad de peregrinos que visitaban el lienzo, se tuvo que construir la basílica como custodia del cuadro.

A través del jardín pasamos a las Catacumbas de San Gennaro, en lo que será un viaje subterráneo a través de la historia del cristianismo napolitano. Se trata de las más importantes y sagradas del sur de Italia, tanto por su antigüedad (siglo II), como por sus frescos, realizados hasta el siglo X. Comenzaron a tomar importancia en el siglo III al albergar la tumba de Sant’Agrippino, pero la fama le vino en el siglo V cuando se enterró en ella el cuerpo de San Gennaro (hoy sus restos están en el Duomo), santo, obispo y mártir. A partir de aquí se convirtió en lugar de peregrinación cristiana.

El cementerio albergó también las tumbas de los obispos napolitanos hasta el siglo XI. Dividida en dos niveles, no superpuestos, y caracterizados por grandes espacios, excavados horizontalmente, el lugar nos permitirá conocer un evocador mundo sobrenatural de tumbas, pasillos y amplios vestíbulos.

Su interior alberga tres tipos de tumbas, cada una correspondiente a una clase social: cubiculum, cerrados con puertas y decorado con frescos murales, para los ricos; loculum, nichos rectangulares de la pared, reservados a la clase media; y forme, tumbas en el suelo destinado para los pobres. Las paredes se adornan con restos de preciosos mosaicos y frescos de los siglos II al X, entre ellos el retrato de San Gennaro más antiguo que se conoce (siglo V).

En el piso superior destacamos la Basílica Hipogea, de finales del siglo V, ejemplo único de la arquitectura de las catacumbas, con elementos esculpidos en la toba (piedra volcánica). En la cripta de los obispos, dedicada a los primeros catorce obispos napolitanos, las tumbas, con forma de arco, están decoradas con importantes mosaicos en los que se representan cuatro obispos del siglo V.

El nivel inferior es más antiguo (siglo II), se encuentra jalonado de motivos típicamente paganos como frutas y animales. Aquí se encuentra la Basílica de Agripino, el sexto obispo de Nápoles, y primer cristiano enterrado en las catacumbas, en el siglo III, con su gran linterna cónica decorada, posee quizás el ambiente más bello de las catacumbas. A los lados hay sarcófagos excavados en la toba; en el techo, frescos del siglo II; en el suelo una fuente bautismal del siglo VIII.

Justo a la salida de las Catacumbas, nos encontramos con la Basilica di San Gennaro Extra Moenia, un lugar de culto que fue olvidado y recientemente recuperado para la ciudad. Construida entre los siglos V y VI, fue reformada entre los siglos IX-XVI. Fue utilizada como hospital para víctimas de la peste (San Gennaro dei Poveri), y más tarde fue un hospicio para los pobres. Una nueva restauración en 1932 la devolvió a su forma original, pero se convirtió en un depósito del hospital cercano. Desde 2008 ha vuelto a formar parte de la vida religiosa del barrio.

Su estructura y el ábside semicircular son paleocristianos. Posee un valioso testimonio de la arquitectura catalana como son los arcos adornados con molduras y los recios pilares de la nave. Los frescos que decoran el atrio son de Andrea Sabatini (siglo XVI).

Llegamos a uno de los lugares simbólicos de la devoción de la ciudad de Nápoles por los muertos, como es el Cimitero delle Fontanelle, macabro cementerio que posee alrededor de 8 millones de huesos humanos.

Las grandes cavernas excavadas en la antigua cantera de toba del cerro Materdei, sirvieron para albergar los restos de las víctimas de la peste de 1656. Posteriormente se  convirtió en el principal camposanto durante la devastadora epidemia de cólera de 1837. A finales del siglo XIX se convirtió en lugar de culto para las 40.000 anime pezzentelle (almas sin nombre) allí enterradas, identificadas por la devoción popular como almas purgantes necesitadas de oración. Algunas calaveras han sido conservadas en vitrinas en la superstición de que son milagrosas por la pietas popular.  

El lugar puede resultar inquietante para algunas personas, como le ocurrió a la turista interpretada por Ingrid Bergman en la película de Rossellini Te querré siempre, que dio fama al cementerio. 

El corazón del barrio es la Basílica de Santa Maria della Sanità, también conocida como Iglesia de San Vincenzo, porque alberga la estatua de San Vincenzo Ferreri, fraile dominico y patrón de la Salud. Es un auténtico museo de la pintura napolitana del siglo XVII. Proyectada por Fray Nuvolo, la  iglesia fue construida entre 1603 y 1613 sobre las catacumbas de San Gaudioso.

Posee planta de cruz griega y un alto campanario. La cúpula central y las 12 laterales (que hacen referencia a los 12 apóstoles) se sustentan en 24 columnas. Por encima de la cúpula central con azulejos se dibuja el Ponte della Sanità, que une el centro de la ciudad con Capodimonte.

En el interior, el altar mayor se elevó para que los fieles pudieran ver el espacio que hace las veces de atrio de las catacumbas. La cátedra de piedra (capilla del transepto izquierdo) es de época paleocristiana; la tradición dice que las parturientes deben sentarse en ella para obtener gracia y protección. En los altares se conservan bellas pinturas, entre otras, de Luca Giordano y Andrea Vaccaro, y la primera representación napolitana de la Virgen con el Niño, Madonna della Sanità (siglos V-VI), procedente de la basílica paleocristiana subterránea.

Continuamos con el Palazzo Sanfelice, una de las obras maestras del barroco napolitano, construido por Ferdinando Sanfelice (1675-1748) como residencia para su familia en 1728. Fue aquí donde el famoso arquitecto creo por primera vez la inusual escalera externa que diez años más tarde fue adoptada, con algunas variaciones, en el Palazzo dell Spagnolo y en otros de la ciudad. Se compara  el diseño con un gran pájaro con las alas desplegadas, por ello se la empezó a conocer como la escalera ad ali di falco (ala de halcón).

Llegamos al Palazzo dello Spagnuolo, también diseñado por Sanfelice, pero en esta ocasión para Nicola Moscati, marqués de Poppano, quien en 1738 unificó dos edificios recibidos como dote. Su patio alberga otra espectacular escalinata doble con cinco arcos, adornada con decoraciones de estuco, que ha aparecido en varias películas. Moscati se endeudó durante la construcción y tuvo que vender el edificio al marqués de Livarti. Se le conoce como el Palacio de España porque en 1813, fue adquirido por el noble español Tomás Atienza, que años más tarde lo vendería por las deudas que contrajo por las obras del palacio.

Chiesa di Santa Maria dei Vergini, una de las iglesias monumentales de Nápoles. Construida en 1326 por los habitantes de Borgo dei Vergini, fue destruida casi por completo durante la II Guerra  Mundial, pero la pila bautismal donde fue bautizado Alfonso Maria de' Liguori (sacerdote y religioso italiano fundador de los redentoristas) se salvó de la destrucción. 

Finalizamos nuestro recorrido al pie en la Porta San Gennaro, mencionada por primera vez en el año 928, era el acceso a la ciudad para los que venían del norte y paso obligado para ir a las Catacumbas de San Gennaro. Después de la plaga de 1656, se agregó un edículo con frescos como ofrenda , que representa a San Gennaro, Santa Rosalía y San Francesco Saverio, rezando por el fin de la epidemia. En la fachada interior se ve un busto de San Gaetano con una dedicatoria y la fecha: 1658.

Almuerzo en restaurante.

Después del almuerzo nos desplazamos hasta CASERTA, capital de la provincia homónima, en la región de Campania. Se trata de un importante centro industrial, comercial y agrícola, situada a 40 kilómetros al norte de Nápoles, en el borde de la llanura campana y al pie de la cadena montañosa de los Apeninos campanos. Antiguamente habitada por tribus osco-samnitas, la Caserta moderna se estableció alrededor de una torre de avistamiento y de defensa medieval. Desde mediados del siglo XVII, cuando Carlos de Borbón escogió la zona como emplazamiento de su nuevo centro administrativo, la ciudad creció y prosperó.

La razón para visitar Caserta es el Palacio Real. Concebido como núcleo de su nuevo centro administrativo, estaba llamado a ser la sede cortesana y gubernamental del nuevo reino, siguiendo el ejemplo del palacio de Versalles en Francia. Pero el proyecto no se limitaba a la edificación de un palacio, sino a crear una nueva ciudad que tuviese todos los adelantos urbanísticos de la época y fuese la capital más avanzada de toda Europa, unida a las demás ciudades por carreteras radiales y protegidas por la fortaleza de Capua.

El traslado del poder desde Nápoles  se explica por dos motivos, por un lado para alejarse de los peligros del Vesubio, y por otro por la vulnerabilidad del Palazzo Reale de Nápoles, evidenciada en 1742 cuando la flota inglesa amenazó con atacar la ciudad.

El rey encomendó a Luigi Vanvitelli, asesor técnico del Vaticano, el trazado de los planos. El palacio y la ciudad nueva se comenzaron en 1752. Cuando Carlos volvió a Madrid en 1759 en calidad de rey de España, la supervisión de los trabajos pasó a manos de su hijo Fernando IV y, en particular, a su ministro Tanucci, que la descuidaron, hasta interrumpirse por completo en 1764 a causa de una epidemia.

El exterior se terminó en 1774 y el interior, un siglo después, cuando ya había terminado el reino de los Borbones. Cuenta en sus memorias el arquitecto Vanvitelli que fue el rey quien diseñó el Palacio Real. Aunque haya algo de adulación por su parte, el rey Carlos sabía lo que quería, y era emular sus modelos favoritos: el Buen Retiro madrileño y Versalles. 

El palacio costó más de 6 millones de ducados, incluido el acueducto que llega a la residencia y los jardines. El edificio, de planta rectangular, es una auténtica exageración: 1.200 habitaciones, 1790 ventana, 34 escaleras y una fachada de 250 m de largo, fue quizá el edificio más grande de Europa del siglo XVIII. Por si todo esto fuera poco, la escenografía se completa con el vasto y espléndido parque de 3 km de longitud, con fuentes y estanques adornados con grupos escultóricos. 

Visita del Palacio Real de Caserta (DECLARADO PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD POR LA UNESCO EN 1997), cuya estructura sigue rigurosamente los planos de Vanvitelli, un área rectangular con dos cuerpos, que al confluir, en forma de cruz, da lugar a cuatro patios interiores que iluminan las 1.200 habitaciones, de las cuales 134 estaban destinadas a la Familia Real. El conjunto palatino ocupa una superficie de alrededor de 44.000 m2, y consta de dos fachadas principales iguales: una sobre el patio de armas y otra sobre el majestuoso parque.

Del centro del edificio, rodeado por los cuatro patios, arrancan cuatro galerías y se llega al vestíbulo inferior, con ocho columnas de orden dórico, y varias esculturas romanas, entre las que destaca la estatua de Hércules. A la derecha del vestíbulo, para no obstaculizar la espléndida perspectiva del parque, se encuentra la escalinata de honor, que arranca en un solo tramo y se divide en dos al alcanzar el primer rellano, permitiendo contemplar toda la estructura arquitectónica de los vestíbulos.

Está coronada por una doble bóveda elíptica decorada con frescos. El vestíbulo superior, más fastuoso, reproduce las proporciones y el esquema del inferior, con 8 columnas trapezoidales y 24 jónicas. De aquí se pasa a la Capilla palatina, de estructura similar a la del Palacio de Versalles, posee planta rectangular, cubierta por una bóveda de cañón y ábside semicircular y flanqueada por una columnata de mármol. El mobiliario es original. 

Llegamos a los aposentos reales, profusamente decorados con frescos, obras de arte, tapices, mobiliario de época y cristal, nos dan el testimonio de cómo era la vida en la corte borbónica.

Se dividen en tres zonas diferentes:

1. Las salas de Guardias (sala de los Alabarderos, de la Guardia Personal y de Alejandro), de forma rectangular, destacan por sus grandes proporciones.

2. El apartamento Nuevo (o dell'Ottocento), en el que se suceden los salones de Marte (de estilo neoclásico, con bajorrelieves inspirados en la Ilíada) y Astrea (en la bóveda se admira el fresco de Astrea, diosa de la justicia).

La sala más destacada es el Salón del Trono, inaugurada en 1845, es la más amplia de los aposentos reales, y representa el prototipo de palacio real de la época; debía desplegar todo el fasto y riqueza de la Casa de Borbón, como reflejan sus abundantes estucos dorados, sus mármoles y sus abundantes molduras. En el mismo estilo de las anteriores salas se continúa con las destinadas a albergar a la Familia Real.  Amuebladas en estilo Imperio, entre estas salas se hallan el Salón del Consejo, el dormitorio y el baño del rey, con la cama de baldaquino monumental de Francisco II.

3. Apartamento viejo (o del Settecento), un conjunto de habitaciones rococós (salas de la Primavera, el Otoño, el Invierno y el Verano, el despacho de Fernando II, y el apartamento de la reina), decoradas con lámparas de cristal de Murano y pinturas de los artistas más famosos del siglo XVIII. Fue habitado por el rey Fernando de Borbón y su esposa María Carolina, aunque en su origen estaba destinado al príncipe heredero. La sala neoclásica de la biblioteca Palatina, compuesta de dos salas de lectura y tres de bibliotecas que custodian un importante archivo referente al Reino de las Dos Sicilias.

La visita continúa con la pinacoteca que acoge interesantes cuadros de los Borbones, con escenas de la vida cortesana y popular y alegorías que celebran las virtudes de los soberanos. A destacar el retrato de María Carolina, esposa de Fernando IV. 

En el segundo patio se halla el Teatro de la corte, muy parecido al Teatro de San Carlos de Nápoles, pero mucho más pequeño, acogía cinco filas de palcos, un palco real y una platea, que  recibían durante las representaciones a los nobles más importantes, a la familia real y a los cortesanos  de menor rango, respectivamente. Decorado con damasco azul, el escenario es reducido, pero contaba con una avanzada tecnología que le permitía poder abrir la parte trasera al parque creando un fondo natural.

A continuación exploraremos el elegante diseño de los jardines del Palacio, uno de los últimos jardines a la moda del estilo barroco.  El eje central se articula en niveles descendentes, gracias a lo cual, la figura dominante del palacio queda engrandecida. Se trata de uno de los jardines reales más bellos de Europa, rivalizando con los de Versalles, Aranjuez o Peterhof. 

Vanvitelli introdujo dos modelos de jardines: un jardín italiano que rodea al edificio con pequeñas construcciones de recreo, y un gran estanque en el que se criaban peces para el consumo del palacio, y un passeggio monumental con numerosas fuentes, siguiendo el modelo francés.

Se trata de un camino de más de 3 kilómetros de longitud que recorre la ladera de uno de los montes circundantes, aprovechando su inclinación, para crear un complicado conjunto de fuentes y cascadas, que culminan en la Gran Cascada, de casi 80 m de altura, que es alimentada por el acueducto Carolino, creado por el arquitecto Vanvitelli, para traer la gran cantidad de agua que se necesitaba.

Bajo la Gran Cascada se halla el baño de Diana, con el grupo escultórico de Acteón y Diana: mientras la diosa sale del agua rodeada de las ninfas, Acteón, que ha osado mirarla, se convierte en ciervo y está a punto de ser devorado por sus propios perros. Al lado se encuentra el famoso Giardino Inglese, romántico oasis de intrincados senderos, flora exótica, piscinas y cascadas. En el mismo se ocultan estatuas clásicas –algunas de las cuales procedentes de Pompeya– o inspirada en época clásica. Este jardín fue diseñado por Carlo, el hijo de Vanvitelli.

Alojamiento en STARHOTELS TERMINUS.
 

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