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Cleopatra, la gran seductora. Serie: Mujeres extraordinarias en el Antiguo Egipto IV | Vagamundos Club de Viajeros

Publicado el 21/07/2021 en

Ha sido la mujer más amada, odiada, alabada y denigrada de la historia. Muchos dramas, tragedias, comedias y musicales están basados en su historia de amor y muerte. Se han firmado muchas películas y se han escrito muchos libros. Diversos pintores de todos los tiempos se han inspirado en su muerte espectacular y han retratado a la reina con el áspid (víbora muy venenosa) en la mano, en todo tipo de escenarios.

Pero más allá de las historias que la han convertido en un mito, ¿quién fue la verdadera Cleopatra?

A pesar de su celebridad, sigue siendo una gran desconocida. Los nuevos estudios se encuentran inmersos en una revisión del personaje, lejos de la imagen del papel cuché y del cine, dispuestos a extraer la realidad de unos clichés tan arraigados.

Numerosos escritores antiguos hablan mucho de esta femme fatale, pero no toda la información es fiable, ya que la mayoría de las obras que ofrecen cierta información sobre su biografía procede de fuentes romanas, y proyectan una visión negativa de la reina en pro de la de César y, sobre todo, Octavio (futuro emperador Augusto), que en definitiva fue el vencedor de la trama.

Quizás es a la documentación arqueológica, formada por papiros, relieves, monedas o esculturas, donde hay que acudir para encontrar a la verdadera Cleopatra. Ya en el año 44 a. C. Cicerón, político y orador republicano, escribió a su amigo Aticus: “Odio a la reina”. Tal afirmación, nacida de la polémica estancia de Cleopatra en la capital romana invitada por César, iba a ser premonitoria. La animadversión hacia la soberana extranjera obedecía sobre todo a una estrategia política.

La llegada al trono

Nacida en el año 69 a.C., era hija de Ptolomeo XII Auletes. No conocemos el nombre de su madre, aunque muchos piensan que debió de ser una aristócrata macedonia de la capital, y no la hija de un alto sacerdote egipcio, como se pensó en un principio.

Cuando Ptolomeo XII falleció en 51 a.C., dejó cuatro hijos: dos mujeres, Cleopatra, Arsínoe, y dos varones, ambos llamados Ptolomeo, como era costumbre en la dinastía. Todos sus hijos se criaron juntos en el palacio real de Alejandría, donde recibieron una esmerada educación al estilo griego, pero sin que entre ellos se establecieran unos lazos de afecto familiar. Los niños recelaban entre ellos, ya que se veían a sus hermanos como rivales para llegar al poder, e incluso como potenciales asesinos. Todo la historia de la dinastía les había ensañado que el peor enemigo era en de la propia casa. De hecho, el propio padre hizo ejecutar a Berenice, hermana de Cleopatra por haber querido usurpar el trono de Egipto.

Ptolomeo había designado como herederos a Cleopatra y al mayor de sus hijos varones. Ambos debían gobernar de forma conjunta como hermanos y como esposos. A la muerte del padre, en el año 52 a.C., ambos ascendieron al trono, Cleopatra VII tenía 18 años y Ptolomeo XIII tan solo diez, por lo que la regencia recayó en su tutor, un eunuco llamado Potino, y en el general Aquilas, jefe del ejército.

Los veintiún años que duró el reinado de Cleopatra VII (de 51 a 30 a. C.) fueron trepidantes y convulsos. El legado que le dejó su padre en herencia fue un Egipto inmerso en una crisis económica, con amenaza de hambruna, una corte dividida y una gran deuda con la República de Roma. Ptolomeo XII fue un faraón polémico y oportunista. Expulsado del país por la clase política y el pueblo de Alejandría, recurrió al Senado Romano para recuperar el trono, convirtiendo Egipto de facto en un protectorado romano.

La presencia de una mujer en el trono de Egipto, aunque no era algo anormal, se produjo en contadas ocasiones. Nombres, como Nitocris, Ahmes Nefertari, Nefertiti, Tiyi o la más importante, Hatshepsut, fueron mujeres que gobernaron antes que Cleopatra, como ya hemos comentado en artículos anteriores. Lo que diferencia a estas reinas de Cleopatra es su origen macedonio. Cuando los Ptolomeos se instalaron en Egipto adoptaron sin problemas el modelo de realeza faraónica, pero también incluyeron elementos de la helenística, que otorgaba una importante posición a sus mujeres. Esta ascendencia griega la conservaron durante todo el período dinástico a través de los matrimonios consanguíneos.

Al principio Cleopatra intentó gobernar sola, marginando a su hermano. Pero una serie de hechos negativos, (desastres naturales, hambruna, malas cosechas) hizo que la opinión pública se volviese en su contra, y en los primeros meses del año 48 a.C., Cleopatra se vio obligada a exiliarse en una provincia leal de Palestina. A finales de verano de ese mismo año, se enfrentaron los ejércitos de Cleopatra y el de su hermano Ptolomeo XIII.

Julio César, que en esos momentos se hallaba en plena lucha con Pompeyo, se instaló en Alejandría. Mandó llamar a Ptolomeo XIII que acababa de asesinar brutalmente a Pompeyo. Ahí vio Cleopatra su oportunidad de entrar en acción. Se trasladó en un bergantín a Alejandría y se envolvió dentro de una alfombra, con la ayuda de su amigo de confianza Apolodoro, para entrar en el palacio evitando ser detectada por la guardia de su hermano, y uniéndose así a la audiencia con César.

Armas de mujer

Siendo una princesa alejandrina, Cleopatra era atrevida, culta y refinada. Fue la primera mujer que estudió en la Universidad del Musaeum, un importante centro cultural dedicado a las musas, donde adquirió una formación que en aquella época no estaba al alcance de ninguna otra mujer. Se dice que llegó a hablar una docena de idiomas, y poseía conocimientos en filosofía, matemáticas o astronomía.

Ya desde muy joven fue instruida en el arte de la seducción junto a sus hermanas Arsínoe y Berenice, y es que desde la época de los faraones, las mujeres de Egipto se habían preocupado mucho por su belleza usando maquillaje, pelucas, perfumes y vestidos transparentes.

Cleopatra sentía una fascinación especial por los gatos, el animal más sagrado de la cultura egipcia, y cuenta la leyenda que su propio gato le servía de inspiración para la pintura de sus ojos: imitaba sus líneas sinuosas y oscuras, emulando esa mirada felina y seductora.

La reina poseía su propia fábrica de perfumes, donde se crearon fragancias exclusivas para ella. Es probable que esto ayudara a que sus conquistas cayeran rendidas ante sus encantos. Muchas de las leyendas sobre Cleopatra afirmaban que estaba obsesionada por los cosméticos y utilizaba todo tipo de disparatados productos de belleza, una idea basada en escritos de historiadores griegos como Plutarco y Apiano. De ella se dice que se bañaba en leche de burra (cuyos beneficios eran muy conocidos por griegos y egipcios, quienes fueron los primeros en darle un uso cosmético), que se ponía mucho maquillaje y pintalabios (algo que no sorprende porque todos los egipcios usaban maquillaje como método antiséptico y estético) o que empleaba todo tipo de exfoliantes para mantener su piel tersa. Todo, con el objetivo de estar atractiva para los hombres.


El romance con Julio César

Nos habíamos quedado en la legendaria reunión de la reina ptolemaica, de veintiún años y el general romano de cincuenta y dos. Con su nariz larga y aquilina y su barbilla puntiaguda, parece que Cleopatra no resultaba particularmente atractiva según los cánones actuales, mientras que César, tampoco se podía decir que se encontraba en la flor de su vida. Pero saltó la chispa, y el romano quedó sumamente impresionado por su osadía y astucia.

Después de verla y conversar con ella, quedó completamente seducido por sus encantos. Suetonio admite que el amor entre ellos fue arrollador. Pasaban las noches en banquetes hasta el alba y cruzaban el Nilo durante excursiones cada vez más largas en un barco con un camarote. Por su parte, Plutarco en la Vida de Antonio, la describe de la siguiente manera: “Dicen que su belleza no era incomparable y no atraía a primera vista. Pero su forma de hablar tenía un irresistible embrujo. Su apariencia, junto con el encanto de su habla y su personalidad, eran un aguijón que hería el corazón. Su voz era dulce. Sabía muchas lenguas y por ello muy pocas veces necesitaba un intérprete para hablar con los etíopes, trogloditas, sirios, árabes, hebreos, medos y partos. En lugar de esto, los otros reyes ptolemaicos a menudo no tenían ni la paciencia para aprender egipcio”.

Todo su reinado estuvo marcado por la búsqueda de legitimidad. Aunque es difícil de creer que supiera contestar a cada enviado extranjero en su idioma, demuestra un interés más allá del griego, que era el idioma de la nación y, naturalmente, de la corte. Cleopatra se ganó además respeto por ser la única de su dinastía que aprendió el egipcio. Asimismo se esforzó en honrar los cultos tradicionales, con lo que la mayoría de sus súbditos egipcios la veían como un faraón legítimo.

Como no podía ser de otra forma, César apoyó a Cleopatra como legítima reina de Egipto, para disgusto de Ptolomeo XIII y sus partidarios. Ptolomeo, apoyado por su hermana Arsínoe que se había proclamado nueva reina de Egipto, sitió el palacio, y durante le lucha fue ahogado en el Nilo. Cleopatra fue restituida en el trono con el único hermano que le quedaba, Ptolomeo XIV, de once años de edad, como corregente, aunque en la práctica fue ella la que acaparó todo el poder.

En el verano del año 47 a.C., después de que César marchara para proseguir su campaña Cleopatra dio a luz a un niño, al que puso por nombre Ptolomeo XV César (Cesarión). César vuelve a Roma y se lleva consigo a Arsínoe para que no pudiera rebelarse nuevamente contra Cleopatra haciéndola desfilar como prisionera. Los romanos no encajaron bien ver a la joven egipcia encadenada, y mostraron su indignación cuando fue exhibida como esclava. Atendiendo a estas protestas, César decidió liberarla y Arsínoe marchó a Éfeso, lejos de Cleopatra. Pero la historia de Arsínoe no acabaría aquí.

 Al año siguiente, viaja a Roma invitada por César, donde permaneció dos años, con los consiguientes cotilleos, sobre todo cuando César consagró una estatua de oro de Cleopatra en el templo de Venus Genetrix, construido en el foro de César. Intentó aprobar un decreto para poder casarse (de forma bígama) fuera de Italia, tener hijos con una esposa extranjera y crear una segunda capital, confirmando los peores temores de los romanos sobre la maligna influencia de una reina oriental.

A pesar de que en general, bajo el gobierno de César la República experimentó un breve periodo de gran prosperidad, algunos senadores vieron en él a un tirano que intentaba restaurar la monarquía. Con el objetivo en  eliminar la amenaza que suponía el dictador, un grupo de senadores urdieron una conspiración con el fin de eliminarlo. Dicho complot culminó cuando, en los "idus de marzo", los conspiradores asesinaron el 15 de marzo del año 44 a César en el Senado. Su muerte provocó el estallido de otra guerra civil, en la que los partidarios del régimen de César, Antonio y Octavio, derrotaron en la doble batalla de Filipos a sus asesinos, liderados por Bruto y Casio.

Con el asesinato de César, Egipto había perdido a su protector. En menos de un mes Cleopatra abandonó Roma y volvió a Alejandría. Al poco murió su hermano y cogobernante Ptolomeo XIV. Al parecer fue Cleopatra, quien supuestamente lo envenenó para reemplazarlo en el trono por el hijo Cesarión (“Pequeño César”), como Ptolomeo XV.

El romance con Marco Antonio

Tras la derrota de los asesinos de Julio César, los dos vencedores, Octavio y Marco Antonio, se repartieron las áreas de influencia de Roma. Mientras que Octavio, (que luego se convertirá en el emperador Augusto), se quedaba en Italia, a Antonio le correspondió gestionar los asuntos del Mediterráneo Oriental.

En el verano del año 41 a.C., Marco Antonio envió un emisario a Cleopatra para que acudiera a reunirse con él en Tarso, en el Sudeste de Anatolia. Tenía para ello razones económicas y políticas, puesto que necesitaba las riquezas de Egipto, en especial sus suministros de grano, y su posición estratégica para la guerra con el Imperio Parto. Por su parte, Cleopatra necesitaba un nuevo protector. Por ello retrasó su marcha intencionadamente y preparó un primer encuentro que fuera memorable para el romano.

Cuando quiso conquistar a Marco Antonio, esta misma mujer ya no tenía 21 años. Tenía 10 años más, la edad “en que la belleza de la mujer es más fulgurante y su destreza más aguda”, como dice Plutarco. Ciertamente gozaba de una inteligencia más madura. Además contaba con una ventaja, y es que no era la primera vez que veía a Cleopatra, ya que años atrás, en Alejandría, cuando la muchacha sólo tenía catorce años, ya había quedado fascinado al verla. También probablemente coincidió con ella durante los dos años que permaneció en Roma junto a César.

Con sus dotes para la representación, Cleopatra convirtió la cumbre diplomática en un espectacular montaje visual. Para llegar a Tarso remontó el río Cidno en un barco con popa de oro, velas púrpuras y remos de plata movidos al compás de diversos instrumentos. A su lado la abanicaban jovencitos vestidos como Eros. La acompañaban hermosas siervas disfrazadas de Nereidas y Gracias. Para completar el sugestivo cuadro, al sonido de la música de varios instrumentos se unían los perfumes que llegaban a las dos orillas del río. La leyenda dice que antes de acudir a la entrevista con Marco Antonio hizo rociar las velas de su barco con tanto perfume que el general romano supo, antes de verlo, que el navío real estaba acercándose a puerto. Ella iba bajo un dosel bordado en oro, ataviada como la diosa Afrodita a punto de encontrarse con su divino consorte Dioniso. Según Plutarco, Antonio se quedó solo en plaza porque todos corrieron a ver a la reina. 
Lo deslumbró con el lujo y las luces centelleantes de la corte alejandrina. Cleopatra siempre supo cómo adaptarse a los gustos de quienquiera que deseara conquistar y encontró el tono perfecto entre seducción e insolencia, adecuado para un vulgar soldado que frecuentaba mujeres fáciles como Antonio.

Durante las negociaciones, Cleopatra exigió la cabeza de Arsínoe, pues a pesar de los años transcurridos, no había perdonado a su hermana. Además, mientras siguiera viva continuaba siendo una amenaza para su trono. Antonio accedió a sus deseos y mando a sus emisarios a buscar a Arsínoe, a la que encontraron en Éfeso, la ciudad de Asia Menor donde se había refugiado tras ser liberada por Julio César. Allí  llevaba una vida apacible como suplicante en el templo de Artemisa, aunque no había renunciado a su dignidad real, pues de hecho Megabizos, el sacerdote del templo, le seguía manteniendo el estatus de reina. Probablemente seguía con la esperanza de que la situación inestable que imperaba en Egipto en algún momento le diera la oportunidad de recuperar el trono. Pero ocurrió todo lo contrario. Los hombres de Marco Antonio llegaron a Éfeso, la sacaron sin piedad del templo de Artemisa y la ejecutaron a sangre fría, culminando así la venganza de Cleopatra. Una vez muerta Arsínoe, a Cleopatra ya no le quedaba ningún hermano vivo, por lo que podía respirar tranquila y disfrutar de su trono.

Hacia finales del año 41 a.C., Cleopatra y Marco Antonio volvieron juntos a Alejandría, donde el romano fue adulado y agasajado en todos los sentidos. Juegos, banquetes, cacerías, disfraces, vagabundeos por toda la ciudad, pesca. No se olvidó de nada para deslumbrar y cercar al general. Antonio a esas alturas ya estaba embrujado. “No estaba en posesión de sus facultades –dice Plutarco–, parecía estar bajo los efectos de alguna droga o brujería. Estaba siempre pensando en ella en vez de pensar en vencer a sus enemigos”. 

A los nueve meses nacieron los dos gemelos, Alejandro Helios y Cleopatra Selene, el Sol y la Luna.

Pero al poco, en la primavera del año 40 a.C., Antonio tiene que volver a Roma. Su mujer Fulvia, que se había enfrentado a Octavio, fallece. Por otro lado, para reforzar la alianza con su gran rival, Octavio, se casa con su hermana, Octavia, repudiando a Cleopatra.

Pasarían tres años hasta la vuelta de Antonio a Egipto, retomando la relación con Cleopatra. Antonio seguía viendo en la reina egipcia no solo una amante excepcional (tuvieron un nuevo hijo, Ptolomeo Filadelfo), sino también una gran aliada en sus intereses expansionistas. Cleopatra le apoyó en la guerra contra los partos, que debido a un exceso de confianza, fue un completo desastre en el primer combate. En el segundo encuentro tuvo más suerte, consiguiendo una victoria parcial.

Pero el reino romano no era lo bastante grande para tener dos líderes, con lo que el choque de esos dos grandes egos, Antonio y Octavio, provocó la guerra civil. Lo que era una pugna por el poder entre dos rivales, Octavio lo presentó ante los romanos como una lucha contra una reina extranjera que tenía sometido a su amante romano. 

Trágico final

Así las cosas, la guerra comenzó. Antonio decidió presentar batalla y junto a sus fieles se batió valientemente a las puertas de la ciudad, para rechazar la incursión de la caballería de Octavio y mantener aún un poco más el asedio y la ilusión de resistencia. La última batalla tuvo lugar en Actium, y la flota de Marco Antonio fue derrotada por el ingenio de Marco Agripa, general y mano derecha de Octavio. Las tropas y partidarios de Marco Antonio desertaron en masa, pasándose al bando de Octavio. Antonio, abatido por la situación, y desolado por el rumor que se difundió acerca del suicidio de la reina, decidió quitarse la vida.

Cleopatra, rodeada de sus más íntimos y fieles servidores, se atrincheró en el edificio más inexpugnable de su complejo palacial, probablemente el mausoleo de los reyes Lágidas; allí guardó también todos sus tesoros: gemas, joyas, obras de arte, cofres de oro, vestimentas reales y especias. Además de la provisión de madera suficiente para prender fuego al edificio y suicidarse. Eso era lo que más temía Octavio.

Durante su estancia en palacio, Cleopatra hacía febriles preparativos para un exilio permanente. Envió varios emisarios a sus aliados de Media y Partia para, llegado el momento, preparar embarcaciones para pasar al mar Rojo en dirección a Arabia y escapar. Entre las posibilidades que barajó, estuvo también la de partir hacia Hispania. Ordenó que lo que quedaba de su flota naval fuera remolcada por tierra desde el Nilo hasta el mar Rojo con la intención de enviar lejos a Cesarión, en concreto a la India. Sin embargo, los árabes nabateos locales quemaron sus barcos, y Cleopatra se encontró atrapada en Alejandría sin ninguna vía de escape.

Como último recurso, intentó llegar a algún tipo de acuerdo con Octavio. Pensaba que quizás con la muerte de Antonio, el único rival que amenazaba su supremacía en Roma, se daría por satisfecho y podría hacer un ejercicio de generosidad y perdonarla a ella y a sus hijos. Sin embargo, resultaba insalvable el obstáculo de Cesarión, el hijo que la reina había tenido con Julio César resultaba demasiado peligroso como rival de Octavio en el futuro. De modo que el nuevo hombre fuerte de Roma se limitó a responder de forma ambigua a las solicitudes de la reina egipcia.

Cleopatra era consciente de que la idea de Octavio era llevarla a ella y a sus hijos a Roma para exhibirlos de forma humillante. Luego la encerrarían en una cárcel donde acabaría sus días completamente desolada. Este porvenir le resultaba insoportable para la orgullosa soberana egipcia, que prefirió darse muerte ella misma.
Dos días más tarde, tras visitar por última vez los restos de su amado Marco Antonio, la última reina griega de Egipto volvió a sus aposentos, se dio un baño y cenó. Luego envió un mensaje sellado a Octavio, en la que probablemente le indicaba su última voluntad de ser enterrada junto a Marco Antonio, y se quedó con sus dos criadas de confianza.

Cuando el 12 de agosto del año 30 a.C. los soldados de Octavio irrumpieron en las estancias de Cleopatra VII, se encontraron un espectáculo sobrecogedor: la soberana yacía exánime sobre su lecho real, con una de sus doncellas moribunda a sus pies y la otra, a punto de derrumbarse. Las tres mujeres acababan de suicidarse. Los soldados vieron en el brazo de Cleopatra dos pequeños pinchazos, lo que hizo pensar que había muerto a causa de la mordedura de un áspid. Otros pensaban que había ingerido algún veneno. En cualquier caso, el suicidio fue la última victoria póstuma de Cleopatra: Octavio no podría llevarla viva a Roma y exhibirla de un modo deshonroso en la procesión triunfal con la que pensaba celebrar su conquista de Egipto.

En cuanto a Octavio, la victoria le dio no sólo el dominio total sobre el Egipto helenístico, convertido en provincia romana, sino también el impulso definitivo para convertirse en el primer emperador de Roma, instaurando el dominio político de un individuo sobre el poder parlamentario, y acabando definitivamente con la República. Octavio trajo el estado de derecho, la paz, mejoró la economía, indultó y rehabilitó a los perseguidos, apoyó a las clases desfavorecidas y elevó al Senado, quien lo nombró Augusto (“más que humano”). Lo que sucede es que el largo período imperial y quienes lo representaron luego fueron por lo general, peores que los peores republicanos. Pero esto ya es otra historia …

Epílogo

Cleopatra fue la última reina, y probablemente la más eficiente de la dinastía ptolemaica, y con su muerte se cerró el periodo helenístico de Egipto. Con esta mujer excepcional el Egipto faraónico vivió su último período de gloria recuperando en parte el protagonismo internacional de tiempos pasados. La última representante de una larga dinastía de faraones de origen griego, fundada a la muerte de Alejandro Magno en 323 a. C., intentó devolver la estabilidad y el esplendor a un país extenuado por las feroces revueltas palaciegas, la corrupción y el descontento popular. Cleopatra VII buscó rehacer un imperio que, controlado desde Alejandría, había llegado a incluir otros territorios del Mediterráneo Oriental. Al hacerlo se interpuso en el camino de Roma por la supremacía en esta zona, provocando uno de los enfrentamientos más célebres de la Antigüedad. Tres destinos se cruzaron con el de la reina: el de César, el de Marco Antonio y el de Octavio. 
Como heredera de esta tradición extraordinariamente antigua, Cleopatra quiso, por encima de todo, que su dinastía tuviera futuro. En la pared trasera del templo de Hathor en Lunet, se la representó al lado de su hijo Ptolomeo XV Cesarión, haciendo ofrendas a los dioses como sus reales antepasados habían hecho durante tres milenios. Pero el destino tenía otros planes. Cesarión fue eliminado por Octavio a los pocos días de la caída de Alejandría. No había ningún futuro para la dinastía ptolemaica, ni para ninguna otra dinastía de faraones. 

La imagen de la posteridad

Después de ser nombrado en el año 27 a.C. emperador, Augusto centró en Cleopatra sus argumentos propagandísticos con el fin de legitimar el nuevo régimen. A partir de entonces, Roma forja la leyenda negra de la reina egipcia que con el paso del tiempo se fue engrandeciendo. La degradaron como la mayor amenaza para el estado, tanto por sus desmedidas ambiciones políticas, como por vulnerar los valores romanos más arraigados. Para Horacio (65-8 a.C.), fue una fatale monstrum, que se movía entre lo real y lo fantástico. Según el poeta se trataba de “una reina insensata, colmada de una loca ambición y embriagada por un éxito insolente que tramaba la ruina del Capitolio y la destrucción del Imperio”. Las descripciones de la época la tachan de manipuladora, libertina y traidora, frente a algunos (pocos) elogios por su inteligencia y coraje. Y es que una forma exaltar la grandeza del vencedor es dando importancia y altura al rival. Horacio alababa la nobleza mostrada por Cleopatra en sus últimos momentos, con su digno final para evitar la humillación de ser expuesta en Roma en el desfile triunfal de Octavio.

Además, en un sistema patriarcal como era el romano, siempre existió un rechazo total a la condición femenina de un gobernante. También se la asoció con el consumo desmesurado de vino, frente a la moderación romana. Su belleza se asoció a su lujuria y promiscuidad sexual, llegando a ser ridiculizada por Propercio (45-15 a.C.) como una reina-prostituta. 
Para los romanos, sus parejas, César y Antonio, se convirtieron en víctimas de sus engaños, redimiéndolos de gran parte de las responsabilidades de sus actos.

El personaje siguió despertando interés en los posteriores autores latinos, que crearon una versión novelesca de la soberana, muy del gusto romano pero nada fiel a la realidad. Esta imagen dominada por el lujo y los excesos arraigó, siendo la inspiración posterior a las superproducciones de Hollywood.

Solo cuando abandonamos el ámbito romano y occidental nos encontramos con otra cara de la reina,  menos seductora, pero más amable, capaz y admirativa. La tradición medieval árabe desarrollada en Egipto desde el siglo VII mostró a Cleopatra como erudita, filósofa y constructora, una reputada matemática y alquimista que escribió distintos tratados de cosmética y medicina.

Hoy en día su historia ha sido profundamente revisada, y la imagen de los historiadores es completamente diferente al perfil dibujado por los romanos. Cleopatra VII fue una reina hábil y eficiente, orgullosa del pasado egipcio que respetó y mantuvo las tradiciones que durante tres milenios forjó el pueblo egipcio. 

La tumba de Cleopatra

Shakespeare, en su tragedia histórica de 1606 “Antonio y Cleopatra” declara: “No habrá en la tierra un sepulcro que guarde / a una pareja tan célebre”. Estas palabras del “Cisne de Avon”, de momento son una realidad, ya que, de momento, no se ha encontrado la tumba de la reina egipcia.

El político e historiador romano Dion Casio  (155-d. 235) escribió que Cleopatra fue embalsamada al igual que Marco Antonio. Plutarco (46-d.C.127), por su parte apunta que por orden de Octavio, la última reina de Egipto recibió sepultura junto a su consorte.

A día de hoy ignoramos la ubicación del sepulcro. Lamentablemente Alejandría ha gozado de mucha menos atención que otros enclaves del Antiguo Egipto. Probablemente los elementos naturales no han ayudado mucho, ya que los terremotos, maremotos, el ascenso del nivel del mar y la reutilización de la piedra procedente de los antiguos edificios, han arrasado el que durante tres siglos fuera el hogar de Cleopatra y de sus antepasados. Casi la totalidad de la memorable Alejandría de entonces yace hoy bajo el mar, a unos seis metros de profundidad. Los terremotos en los siglos III y VII hundieron definitivamente los palacios de la antigua Alejandría bajo las aguas del Mediterráneo.

De hecho, de la época ptolemaica, que comienza con Alejandro Magno y termina con la misma Cleopatra, de ninguno de sus soberanos ha sido descubierta su tumba.

En las últimas décadas, la arqueología se ha propuesto resolver el misterio embarcándose de una vez en la búsqueda de la última morada de Cleopatra. Los hallazgos del fondo del mar que han salido a la superficie (enormes esfinges de piedra, gigantescas losas de caliza, columnas y capiteles graníticos) avivan el deseo de comprender mejor el mundo de Cleopatra.

Actualmente se está excavando el complejo Taposiris Magna, la actual Abusir, una ciudad del desierto costero, 45 kilómetros al oeste de Alejandría; se trata de un enorme sitio arqueológico de unos siete kilómetros de longitud donde funcionó desde el siglo III a.C. hasta el siglo VIII, un gran complejo religioso y un centro comercial de mucha importancia, y a cuyo puerto llegaban los barcos directamente desde Grecia. Recientemente, dos momias con un aparente alto status social que habrían existido en la época de Cleopatra fueron encontradas en este yacimiento. Las momias no están en buen estado de conservación debido a una filtración de agua. Pero la evidencia revela que originalmente estaban completamente cubiertas de láminas de oro, un lujo otorgado solo a los miembros más altos de la sociedad. En el lugar del altar del templo, donde los sacerdotes realizaban las ofrendas a los dioses, se descubrieron 200 monedas con el nombre de Cleopatra y con su rostro.

De cualquier forma, en opinión de la mayoría de los especialistas, es que su tumba, que construyó junto a su palacio, se encuentra bajo las aguas del Mediterráneo.

 

Experiencias únicas durante nuestro viaje a EGIPTO con VAGAMUNDOS:

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- Navegar, durante un SEGUNDO CRUCERO por el LAGO NASSER, en una atmósfera de silencio y recogimiento, experimentando la misma sensación que debieron sentir los descubridores por primera vez. 

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- Y después de las Pirámides, el Gran Museo Egipcio de Giza que se encuentra a menos de 2 km, con más de 50.000 piezas escogidas, entre las que se encuentran todas las halladas en la tumba de Tutankamón, así como algunos de los sarcófagos descubiertos recientemente en Sakkara, en el hallazgo más importante de los últimos años.

- Una buena despedida del país es visitar ALEJANDRÍA, ciudad fundada por Alejandro Magno, que fuera centro cultural del Mundo Antiguo, con su histórica biblioteca, y que hoy es una bonita y tranquila urbe mediterránea, que todavía conserva restos como las catacumbas de Kom ash-Shuqqafa, del s. II, la necrópolis grecorromana más grande de Egipto, o la columna de Pompeyo, que formaba parte del Serapeum, el tempo dedicado a Serapis. También es digno de contemplar la nueva Biblioteca de Alejandría, con su fachada circular elaborada con granito de Asuán.

Artículo elaborado por Eugenio del Río

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