Viaje a PERÚ V: Colca, Puno y Lago Titicaca | Los viajes de Vagamundos día a día.

Día 8 – AREQUIPA – COLCA – CHIVAY

Desayuno buffet en el hotel.

A primera hora partimos rumbo al Valle de Colca, en un recorrido que nos permitirá disfrutar de algunos de los parajes más bellos de Perú, y durante el que sin duda iremos notando los efectos de la altura. Pasamos primero por el distrito Yura, que se caracteriza por contar con una serie de impresionantes accidentes geográficos, como barrancos, cordilleras y cañones. En las curvas, a veces, pueden observarse en la carretera montones de piedrecitas, las apachetas, ofrendas que los escasos habitantes de la zona reservan a los apus. El camino sube y serpentea rodeando paisajes progresivos que la altura y la latitud ecuatorial diseñan. Empieza el desierto árido, pedregoso e inundado de cactus y canteras de piedra arequipeña, hasta alcanzar el paraje de las Pampas Cañahuas, perteneciente a la Reserva Nacional de Aguada Blanca, una meseta a 4.000 m de altura en el lado norte del macizo del Chachani, que representa en la actualidad uno de los habitats preferidos para la protección de la vicuña, camélido peruano que observaremos en plena libertad. Esta inmensa reserva alberga igualmente numerosos grupos de llamas y alpacas. Estanques a lo largo de la ruta sirven de paradas para las aves migratorias. El paisaje, en general, es desolado, pero impresiona por su grandiosidad, hay formaciones rocosas de gran espectacularidad, así como una flora y una fauna muy importante.

El cañón del Colca, de 100 km de largo se halla entre altos volcanes (entre ellos el Coropuna, con 6.613 m, el Ampato, con 6.310 m y el Hualca Hualca, con 6.068 m) y alcanza una profundidad de entre 1.000 y 3.400 m, siendo considerado actualmente el cañón más profundo del mundo, seguido por el cañón de Cotahuasi y el Gran Cañón del Colorado (EEUU). El río Colca se abrió paso entre lechos de rocas principalmente volcánicas que se habían depositado hacía menos de 100 millones de años a lo largo de la línea de una importante falla en la corteza terrestre. El río nace a 4.500 m, de altura, y en los 480 km que recorre antes de desembocar en el Pacífico, cambia 5 veces de nombre. El Valle propiamente dicho empieza donde el espacio cultivable de sus márgenes se vuelve más ancho. Luego de su paso por la antigua población de Maca, la pendiente del río aumenta notablemente y el Colca se va alejando del nivel del valle en que se encuentran las poblaciones, es aquí donde empieza el Cañón del Colca propiamente dicho. Alcanza su mayor profundidad cerca del famoso mirador de Cruz del Cóndor, que visitaremos mañana. En el fondo del cañón el ambiente es casi tropical, con palmeras, helechos e incluso orquídeas en zonas remotas.

Los primeros vestigios de población en el valle del Colca se remontan al 6000 a.C. Los cazadores recolectores consiguieron domesticar rebaños de camélidos y cultivar varias especies de plantas. Hacia el 900 a.C., dos grupos distintos, los cabana y los collagua, ocuparon la región en pequeñas aldeas e idearon un sistema de terrazas para canalizar el agua del deshielo procedente de las cumbres nevadas de los volcanes cercanos. En la época prehispánica estos dos grupos solían diferenciarse mediante deformaciones del cráneo de los recién nacidos: los collagua alargaban el cráneo para demostrar que habían salido de las chimeneas del volcán collagua; en cambio los indios cabanas, los aplastaban ya que decían provenir de las profundidades de la montaña Huaca Huaca, de cumbre plana y nevada. Actualmente ambas etnias coexisten. Los colagua hablan aimara, y sus mujeres portan una capellina de colores, íntegramente bordada y redondeada que imita la forma cónica del volcán. Los cabanas hablan quechua, y sus mujeres llevan sombrero de panamá blanco, decorado con perlas y bordados de color pastel. Hacia 1450, los incas se apoderaron del cañón, perfeccionaron la agricultura y la irrigación y crearon sobre todo graneros (colcas en quechua) en los acantilados, en los que almacenaban las cosechas durante la estación lluviosa. Tras la llegada de los españoles se obligó a los campesinos a trabajar en las minas y se distribuyó a los miembros dispersos de estas comunidades en 14 aldeas.

El camino continúa ascendiendo por el altiplano a través de agrestes pasajes lunares. Transitaremos por Viscachani, las Pampas Toccra y bordearemos el cráter del volcán Chucura para llegar al mirador de los Andes en Patapampa, que se encuentra a 4.910 m, el punto más alto de nuestro periplo, con un viento helado, y una panorámica lunar, con los diferentes volcanes que rodean Arequipa al fondo. Aquí es aconsejable degustar la “Triple”, elaborada a partir de 3 plantas: coca, muna y chachacoma, para mejorar la circulación sanguínea y soportar mejor la altitud. En este lugar nada se mueve, solo las miméticas vizcachas (roedor andino de gran tamaño y cola larga) que nos recuerdan que no estamos delante de un cuadro.

Comenzamos a descender hasta llegar al pueblo de CHIVAY, establecido en uno de los extremos del Cañón del Colca, a 3.650 m de altitud, que ofrece preciosas vistas de cumbres nevadas y laderas en bancales y donde se ubica nuestro hotel.

Almuerzo en restaurante local.

A continuación, traslado a nuestro hotel en el Valle del Colca para disfrutar del resto de la tarde libre.

Alojamiento en Casa Andina Colca.

Día 9 – CHIVAY – CAÑÓN DEL COLCA – PUNO

Desayuno buffet en el hotel.

Salimos muy temprano hacia la Cruz del Cóndor (a 60 km. de Chivay), lugar en el que disfrutaremos de uno de los parajes más espectaculares del Cañón y donde esperamos poder avistar los cóndores en magistrales vuelos.

Desde el punto de vista geológico, el cañón se inicia precisamente en el área de Chivay, y la primera muestra de su grandeza se observa en la zona conocida como Lagunas Misteriosas, donde pueden verse gran cantidad de terrazas agrícolas de construcción preincaica, que se extienden por todas las laderas que descienden al valle. Este prodigio arquitectónico aún sigue siendo utilizado por los agricultores nativos, que cultivan patata, maíz, quínoa, cebada y trigo, y, en la parte baja del cañón, mango, chirimoya, lúcuma, melocotón e higo. El perímetro de los campos de cultivo está repleto de cactus. En las zonas más secas crecen agaves, euforbios, eucaliptos y paicos, un arbusto silvestre que da un fruto verde parecido a la papaya, e incluso huanarpos, una planta de cuya corteza se obtiene, según dicen, un potente estimulante sexual. Más adelante se cruza por Yanque, una rústica aldea rural. A continuación, se pasa por el pueblo de Achoma. La ruta continúa bordeando el cauce del río Colca hasta la localidad de Maca, que fue destruida en 1991 por un violento terremoto. Durante el recorrido se realizan paradas en los miradores de Antahuilque y Choquetico para obtener otras vistas impresionantes del majestuoso valle. Debido a los fenómenos orogénicos que en ocasiones se registran en esta región, los lugareños viven resignados a soportar seísmos y erupciones volcánicas en forma periódica. El camino pasa al filo del cañón del Colca, el hábitat de animales como el cóndor andino entre otras 100 especies de aves y cuatro tipos de camélidos: la vicuña, el guanaco, la llama y la alpaca. Además, existen más de 300 especies de plantas, de las cuales 30 son cactus, sin dejar de mencionar la primitiva yareta verde.

El panorama que se observa desde el mirador de la Cruz del Cóndor, una colina rocosa, es soberbio, pues pende sobre un abismo a 1.200 m del fondo del valle, por donde fluye el río Colca, que desde esta altura se ve como un hilo verde argénteo, con la imagen del nevado volcán Mismi, que se eleva a más de 3.000 metros del fondo del cañón, al otro lado del barranco. Alrededor de 40 familias de cóndores andinos anidan junto al rocoso afloramiento. Aquí puede admirarse el vuelo altanero de esta ave carroñera, cuando el sol comienza a calentar las paredes del cañón, creando las corrientes ascendentes que aprovechan para remontar el vuelo. Sin esas corrientes de aire que orillan las paredes del valle este animal no levantaría el vuelo, es demasiado pesado para disfrutar del planeo por la tundra. El ave sagrada de los incas surge de repente en un momento mágico: bate las alas de 3 m con un movimiento majestuoso antes de detenerse a planear, por encima de todos los espectadores que allí se encuentran para sacar una foto inolvidable. En ese momento sería bueno recordad el tema musical El Cóndor Pasa, original del músico peruano Daniel Alomía Robles. Un texto en quechua fue añadido: Oh majestuoso Cóndor de los Andes, llévame, a mi hogar, en los Andes, Oh Cóndor. Quiero volver a mi tierra querida y vivir con mis hermanos Incas, que es lo que más añoro oh Cóndor.

Almuerzo tipo picnic.

Durante el regreso a Chivay, tomaremos un desvío por Patahuasi en dirección a Puno, donde podremos contemplar diferentes paisajes andinos que excitarán nuestros sentidos, como bosques de piedras, lagunas inmensas con variedad de aves o pequeños caseríos de la zona. Después de seis horas de viaje alcanzaremos Puno.

Alojamiento en Jose Antonio Puno.

Día 10 – PUNO – Lago Titicaca – PUNO

Desayuno buffet en el hotel.

Enclavada a 3.830 m de altura junto a la orilla occidental del lago Titicaca, PUNO fue fundada en 1668 por el conde de Lemos y virrey de Perú, bautizándola con el nombre de San Carlos de Puno. Está considerada como el centro folclórico más importante del país; de hecho, en sus calles pueden observarse durante días coloridas procesiones. Conocida principalmente por ser una buena base para explorar el lago Titicaca, bien podría cautivar nuestro corazón por su embriagador alboroto.

Las áridas, frías y elevadas mesetas del altiplano andino, constituyen uno de los puntos más importantes de la alta cultura peruana, pues fue en estos inhóspitos parajes, donde las antiguas civilizaciones nativas desarrollaron las bases de una formidable evolución tecnológica, necesaria para dominar el hostil entorno que envuelve a toda la región. Quizá por ello, la mitología andina centra en las gélidas aguas del Lago Titicaca la creación del Universo. El mismísimo dios Viracocha habría emergido de esa inmensa laguna para dar forma al Cosmos y generar la vida sobre la Tierra. Los legendarios Manco Cápac y Mama Ocllo, míticos fundadores de Cuzco, también habrían aflorado de aquel lugar para asentar las raíces. Estas creencias aún hoy son mantenidas por buena parte de la población del altiplano, que todavía contempla el lago y sus contornos como un enclave sagrado. El área del Titicaca resulta especialmente interesante puesto que todavía conserva numerosos aspectos culturales de los pueblos aymará, que desde tiempos inmemoriales habitaron las altas planicies entre Perú y Bolivia. Ciertas tribus indígenas locales aún se expresan en el idioma del altiplano (aymará), y conviven junto a grupos étnicos de ascendencia quechua.

A primera hora de la mañana, nos trasladamos al embarcadero para realizar la excursión por el LAGO TITICACA, el lago más grande de Sudamérica (este servicio es semi-privado, en lancha compartida con otros pasajeros, aunque con guía privado). Inmediatamente nos daremos cuenta de que en torno al mismo convergen varios mundos a la vez. Aquí es donde el desolador altiplano andino se encuentra con los legendarios picos y valles fértiles de los Andes. Sus verdes islas siempre bañadas por el sol contrastan con granjas de tierra color café. Es un paraje donde los curas bendicen los taxis y los abogados sacrifican llamas, sin olvidarse, claro está, de sus decadentes catedrales coloniales y sus elevadísimas montañas. Un lugar donde mujeres ataviadas con bombines cuidan de las llamas y los emprendedores cuentan sus ganancias.  En medio de todo ello, reluce con su distintivo color azul marino el esplendoroso lago Titicaca. Se trata sin duda, del indiscutible corazón de Sudamérica, y vivirlo constituye una experiencia única.

Nuestra travesía comienza con la visita a las islas flotantes de los Uros,un conjunto de superficies artificiales habitables construidas sobre raíces entrelazadas de plantas acuáticas, que crean una base de aproximadamente dos metros de grosor y luego se cubre con una buena capa de tallos de totora (el junco del lago) que sobresalen unos 80 cm del agua. Los troncos de eucalipto y los leños de balsa sirven para reforzar la estructura de carga de estos roscos flotantes, mientras que, en sus extremos se clavan estacas para amarrarlo al fondo del lago. Piedras grandes, atadas con cuerdas, anclan las islas y refuerzan su estabilidad. Los tallos de totora son repuestos cada tres meses, ya que por debajo terminan pudriéndose. Se trata de auténticas aldeas habitadas por grupos de tres a diez familias dependiendo de su superficie. La mayor de estas islas flotantes tiene en torno a 160 años. Cuentan con chozas fabricadas con totora (aunque en algunos casos con techo de chapa), sencillo mobiliario y hermosas embarcaciones con proa en forma de cabeza de puma. Curiosamente, sus ancestrales barcas son muy parecidas a las que usaban hace milenios en el Antiguo Egipto (en este caso de papiro), y hoy día también son un medio de transporte común en comunidades isleñas de la Polinesia y en la isla de Pascua. La totora también les sirve de alimento, ya que la parte cercana a la raíz, es rica en almidón y flúor.

Los uros (“hombres de sangre negra”), son descendientes directos de las tribus amazónicas que llegaron al Altiplano hace 12.000 años y construyeron estas islas para escapar de los pueblos hostiles de tierra firme. Se consideran “el pueblo más antiguo de la tierra” y, según la leyenda, existían antes que el sol y no se ahogaban ni eran alcanzados por los rayos. Sin embargo, con la llegada de los españoles, fueron reducidos para explotar las minas de Potosí. Poco a poco el pueblo se ha ido marchitando hasta casi desaparecer. Los pocos que quedaron se mezclaron con los aimara y otras tribus, perdiendo su antigua lengua puquina y en la actualidad solo hablan aimara (y muchos también castellano). Actualmente quedan unas 300 familias de uros que viven repartidas entre las 20 islas del lago de la etnia, regidas por un abuelo. Desde 1975 se permite las visitas de turistas a determinadas islas. Además de estos ingresos, los uros viven de la caza y la pesca.

Continuamos nuestra visita del lago trasladándonos a la isla de Taquile, uno de los últimos sitios incas que capitularon frente a los españoles en el siglo XVI. Se trata de una isla diminuta de 7 km2 y bastante escarpada. Las 2.000 personas que la habitan viven de la pesca, la agricultura y la artesanía textil y mantienen un modo de vida basado en las antiguas normas sociales, laborales y legislativas de la época inca, siguiendo la máxima: “ama suwa, ama qulla, ama llullav” (no robes, no holgazanees, no mientas). No tienen policía y las disputas las resuelven los lideres elegidos por la comunidad. La isla presenta paisajes ondulantes de colinas marrones ocres, que contrastan con el azul intenso del lago, el añil del cielo, el luminoso sol cayendo de plano y el verde de los cultivos, que le dan un aire mediterráneo que se ve acentuado al ver los vestidos de sus habitantes, que parecen típicos catalanes, herencia española del conde Pedro González de Taquila. Desde el embarcadero de Chilcano, donde se detienen los barcos, hay que subir 533 escalones, hasta el gran arco de piedra en la cumbre del acantilado, que señala la entrada al pueblo principal, enclavado en mitad de un soberbio paisaje entre terrazas de cultivos incaicos. Se ven algunas chozas, ruinas incas y preincas, bosquecillos de eucaliptos, pastizales donde pacen las ovejas, y mujeres que vuelven a recoger agua con jarra pesada sobre los hombros. Los isleños reciben amablemente a los viajeros siempre orgullosos de sus costumbres. Desde la plaza principal del pueblo encontramos unas bellas vistas de la orilla boliviana del lago, las islas de Amantaní y Suansi, sobre la que se levantan los nevados picos de hasta 7.000 metros de la Cordillera Real

Los taquileños, de lengua quechua, son hábiles artesanos y plasman en cada trabajo sorprendentes técnicas desarrolladas durante siglos por sus ancestros. Es una sociedad bastante endógama, por lo que raramente tienen descendencia con nativos de otras etnias. Difieren de los de la mayoría de las comunidades isleñas vecinas, hablantes de aimara, y conservan un gran sentido de identidad colectiva. Su vestimenta está inspirada tanto en los atuendos de los campesinos españoles de antaño (los españoles prohibieron la vestimenta tradicional incaica, por lo que los isleños tuvieron que adoptar la vestimenta campesina que aún hoy usan), como por los colores y motivos tradicionales andinos. Los hombres suelen llevar gorros largos de lana tejidos por ellos mismos, de color rojo, si están casados o rojiblanco si están solteros; una camisa blanca de tejido grueso bajo un bolero negro y un pantalón corsario negro. Los casados llevan también un gran cinturón con bolsillos tejido por su esposa. Las mujeres visten llamativos conjuntos de faldas con varios volantes y blusas de delicados bordados. Las chicas jóvenes se peinan con gorros decorados con largos pompones de diferentes colores, que les llegan hasta la cintura. Hasta principios del siglo XX, Taquile fue una cárcel de presos políticos, Desde 1970, los habitantes de la isla son los propietarios de sus tierras, que cultivan en régimen de comunidad.

Almuerzo en restaurante local.

A continuación, regresamos a Puno y disfrutaremos del resto de la tarde libre.

Alojamiento en Jose Antonio Puno.

Compartir

Viajar con Vagamundos es mejor