Viaje a JAPÓN V: Kanazawa, Shirakawa-go, Takayama, Matsumoto, Hakone | Los viajes de Vagamundos día a día

Día 10 – KYŌTO – KANAZAWA 

Desayuno buffet en el hotel.

Nos despedimos de esta bellísima ciudad, que nos dejará un recuerdo inolvidable, y nos dirigimos a la estación para tomar el tren expreso “Thunderbird”. Llegada a Kanazawa (“marisma de oro”), que debe su nombre a un curso de agua donde se hallaron depósitos auríferos. Protegida por su ubicación, entre las montañas y el mar, su legado se ha conservado intacto, ya que no fue objetivo militar durante los bombardeos norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial. En el siglo XVI la ciudad era administrada por el gobierno igualitario de la secta budista, Ikko, hasta que en 1583, el señor Maeda Toshiie, se adueñó de ella. Se construyó un castillo y, en muy poco tiempo, la pequeña aldea se transformó en una pujante ciudad feudal en la que el clan Maeda reinaría durante tres siglos. Fértil y boscosa, la vasta región que el clan gobernaba, les proporcionó tal prosperidad que los Maeda llegaron a ser la segunda familia más poderosa del país. A la manera de los Médici en Italia, fueron los mecenas de las artes, y bajo su patrocinio florecieron la cerámica, la tintura de seda, el lacado y el teatro no, tradiciones que han perdurado hasta hoy día, que sigue siendo clave en la cultura tradicional nipona. En la actualidad, las industrias más desarrolladas en la zona son la textil, la de maquinaria y la del metal, y se consideran de una calidad exquisita la seda, la cerámica y los lacados.

Almuerzo en restaurante local.

Comenzaremos la visita de esta laberíntica ciudad (se desarrolló en torno a un castillo) por el Jardín Kenroku-en (“jardín de los seis elementos combinados”), de la época Edo, está considerado como uno de los tres jardines más bellos de Japón. Debe su nombre, a un célebre jardín de la dinastía Sung en China, donde se decretó los seis atributos para la perfección: aislamiento, amplitud, venerabilidad, delicado diseño, agua abundante y amplias vistas. El Kenroku-en tiene los seis. Establecido a mediados del siglo XVII, se fue ampliando y en 1871 se abrió al público. Estanques, arroyos, cascadas, colinas artificiales, bosquetes, rocas, senderos: todo en Kenroku-en ha sido cuidadosamente estudiado a fin de crear una estética perfecta. Pasearemos por esta obra maestra del paisajismo, donde crecen 12.000 árboles de 150 variedades. Uno de los símbolos del jardín, es el farol de piedra Kotojitoro, cuyos pies evocan un caballete de koto (citara japonesa); al borde del estanque Hisaga, se alza el Yugao-tei, un pabellón de té construido por el maestro Kobori Enshu en el siglo XVII. Cerca de allí se encuentra la fuente Funsui, la más antigua de Japón y funciona mediante presión natural con agua del lago Kasumiga. El puente colgante ganko-bashi que obtiene su nombre de las piedras rojas que le dan forma, diseñadas para parecer siete gansos volando en formación. Comúnmente es llamado kikko-bashi o “puente del caparazón de tortuga” por la forma de sus piedras.

Jardín Kenroku-en

Pasearemos a continuación por el Barrio de los Samuráis de Nagamichi, donde vivían los guerreros y sus familias a mediados del siglo XIX, y que conserva sus encantadores callejones adoquinados, que serpentean entre muros de barro, viejos canales y suntuosas residencias, que nos sumergirán en el ambiente de la época feudal. Visitaremos la Casa Nomura, lujosa residencia de los samuráis, en madera oscura, que perteneció a Nomura Denbei Nobusada, uno de los tenientes más próximos al señor Maeda Toshile en el s. XVI. Doce generaciones de la familia Nomura vivieron aquí hasta el período Meiji y enriquecieron la casa con un delicioso jardín ornamental, a base de rocas y corrientes de agua, que supone una obra maestra del paisajismo en miniatura. El “salón de dibujo”, añadido más tarde, ostenta magníficos enrejados y artesonados esculpidos en caoba, ébano y ciprés. La casa fue restaurada en la década de 1910 por un naviero. Durante el paseo llegaremos al Nishi Chaya machi, uno de los “barrios rojos” de Kanazawa, donde podremos ver las casitas de geishas, en las que recibían formación las jóvenes para convertirse en maestras del arte del entretenimiento, casas de té (ochaya) y restaurantes tradicionales donde todavía hoy, se reúnen los hombres de negocios que pueden pagar un servicio esmerado, y la compañía de una geisha. Aquí, todo lo que hemos leído en los libros y que forma parte de nuestro imaginario occidental, comprobaremos que se vuelve real.

Barrio de los Samuráis de Nagamichi

Para finalizar la jornada, visitaremos el Mercado Ohmicho, el más grande de la ciudad y donde los sonidos y los olores que se perciben son únicos. Este laberinto cubierto erigido hace tres siglos, con casi 200 puestos, y donde la estrella es el marisco, aunque también abundan los puestos de fruta, verdura, carne, pescado y otros productos, es un auténtico festival para los sentidos.

Alojamiento en ANA Crowne Plaza Hotel Kanazawa.

Día 11 – KANAZAWA – SHIRAKAWA-GO – TAKAYAMA – MATSUMOTO 

Desayuno buffet en el hotel.

A primera hora de la mañana, nos dirigimos al distrito de  Shirakawa-go, situado en un valle acurrucado en el corazón de las montañas, y que alberga aldeas esparcidas entre bosques y arrozales. A través de los siglos, estos valles perdidos han estado aislados del mundo en invierno por la nieve. Debido a este aislamiento, han desarrollado un modo de vida particular, basado en un sistema de cooperación entre las familias vecinas. Debido a la dureza de los inviernos, sus habitantes se las ingeniaron para hacer más soportables las inclemencias del tiempo, ideando estas casas con tejados de paja muy inclinados. Los ángulos tan pronunciados de los tejados (60º), impiden la acumulación de nieve en una zona que se encuentra habitualmente cubierta de diciembre a abril. El nombre de gasshō (manos en oración) viene porque la forma de los tejados evoca dos manos entrelazadas. Llegaremos a la pequeña aldea de Ogimachi, que cuenta con 600 habitantes y con 60 casas tradicionales, construidas según el estilo arquitectónico gasshō-zukuri. Visitaremos una de estas Casa Gasshō-Zukuri (declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1995), cuyo diseño tipo, es el de un edificio con 4 plantas, 18 metros de largo y 10 de ancho, que incorporan una serie de forjados triangulares, sobre la planta rectangular, que crean un amplio espacio interior. Asimismo, poseen columnas de cedro como soporte complementario.  Estas casas datan, en su mayoría, del siglo XIX, y la mitad de ellas permanecen habitadas. Cada casa está rodeada de una parcela de arrozales y huertos. Los tejados de paja se rehacen  cada 30 años, operación que se hace en un solo día gracias a la cooperación de todos los aldeanos. Estaban diseñados, especialmente para albergar a familias numerosas (hasta 30 personas), todos ellos dedicados a la cría de gusanos de seda. En Japón, antes del éxodo masivo a las ciudades, las familias solían vivir juntas, abuelos, padres y nietos.

Casa Gasshō-Zukuri

Partimos hacia Takayama, deliciosa ciudad en las laderas occidentales de los Alpes   japoneses que se encuentra a una hora y media por carretera. Rodeada de montañas que superan los 3.000 m de altura, la “pequeña Kyōto de los Alpes”, parece inmóvil como si fuera una roca, congelada en su apariencia de antaño. Su nombre, “montaña alta”, transmite una sensación de extraña lejanía, y luce uno de los paisajes urbanos más evocadores de Japón. Su actual trazado se remonta a finales del s. XVII. Sus carpinteros desempeñaron un notable papel en la construcción de Kyōto y Nara: al producir muy poco arroz, los impuestos los pagaban enviando artesanos para ayudar en la edificación de templos y palacios. Esta pericia en el trabajo de la madera, se ha perpetuado hasta nuestros días. Su aislado emplazamiento ha hecho posible que las calles hayan permanecido intactas. Almuerzo libre.

La planta de la ciudad en cuadrados, inspirada en Kyōto, se dividía entre el barrio de los samuráis, cercano al río Enako; el barro de los templos, en la falda de la colina de Higashiyama; y el barrio de los comerciantes, que se extiende en tres calles paralelas al río Miya. Este último, llamado Barrio Kami Sannomachi, es el que se visita, y por el que pasearemos. Se caracteriza por la bella unidad de su arquitectura en madera heredada del s. XVII. Perfectamente alineadas, las casas de los mercaderes se suceden a lo largo de calles estrechas, orientada de norte a sur y bordeadas por canales que servían para hacer la colada, evacuar la nieve y prevenir incendios. Tienen una o dos plantas, tejados de suave pendiente  con amplios aleros y fachadas con batientes y travesaños de madera oscura y brillante que producen contrastes de luz. La mayoría de estas antiguas casas de comerciantes se han convertido en museos o tiendas de antigüedades, lacados o cerámicas; también encontraremos posadas y comercios de la era Edo, tiendas especializadas y destilerías de Sake (la pureza del agua local es idónea para la destilación de esta bebida). Situado al sur de este barrio, se encuentra el Takayama-Jinya, antigua residencia del señor Kanamori, que se convirtió en sede del Gobierno cuando la provincia pasó a estar bajo control directo de los shōgun Tokugawa, de 1692 a 1868. Construido en 1615, se trata del único edificio de este tipo que queda en pie en Japón. Servía como tribunal y centro de recaudación de impuestos. La población podía venir y formular sus peticiones. Pasada la puerta monumental se abre la gran sala de audiencia, que precede a un vestíbulo estrecho. Los plebeyos debían arrodillarse y lanzar su apelación en la oscuridad, detrás de una barrera. Justo al lado está la sala de torturas. El resto del edificio servía de vivienda al daikan (prefecto), a sus invitados de calidad,  y al personal. También poseen almacenes grandes, donde se guardaba el arroz, la madera y los productos recibidos a modo de impuestos. En esta provincia montañosa y desprovista, las tasas asfixiaban a los lugareños, lo que era motivo de frecuentes revueltas.

Barrio Kami Sannomachi Takayama

Finalmente visitaremos el Exposición de Carrozas Festivas (Yatai Kaikan), que nos mostrará cuatro de las 23 carrozas que se utilizan durante el festival que se celebra dos veces al año, en primavera y en otoño. Se trata de creaciones espectaculares, de varios pisos, construidas entre los siglos XVII y XVIII y decoradas ricamente con vistosas tallas, metal forjado y madera lacada. Un detalle curioso de algunas de ellas son las karakuri, marionetas mecánicas que hacen movimientos de acrobacias dirigidos por titiriteros.

Continuamos ruta hasta Matsumoto, ciudad que se encuentra arropada por siete grandes cumbres al oeste y tres más pequeñas al este, y es considerada la puerta de los Alpes Japoneses. Antiguamente conocida como Fukashi, se fundó en el siglo VIII. En los siglos XIV y XV fue ciudad fortificada del clan Ogasawara, y siguió prosperando a lo largo del período Edo. Se trata de una de las más bellas ciudades de Japón, que disfruta de un ambiente relajado, cultura refinada y encantadoras calles.

Cena y alojamiento en Matsumoto Hotel Kagetsu.

Día 12 – MATSUMOTO – HAKONE – TOKIO 

Desayuno buffet en el hotel.

Hoy tenemos uno de los días más largos del circuito. Para empezar, a primera hora de la mañana visitaremos el Castillo Matsumoto-jō, el más antiguo de madera, y uno de los cuatro castillos catalogados como Tesoro Nacional. En Japón, un gran número de castillos son reconstrucciones de los originales, pero este no es el caso del Matsumoto-jō, fascinante modelo de castillo de llanura, uno de los mejor conservados del país, y que todavía está impregnado de los humos y los clamores guerreros del pasado. La historia del lugar comienza en 1504, cuando el clan Ogasawara construyó una pequeña fortaleza para dominar la región. En 1593, Ishikawa Kazumasa remodeló el edificio y añadió el gran torreón, el elemento más bello de la fortaleza; a finales de 1595 alcanzó su forma definitiva. Fue concebido solo para la defensa (era protegido por 1.200 samuráis), y en él se encuentran muchos elementos de los castillos medievales europeos: fosos, muros, pasadizos, escaleras estrechas, matacanes, entre otros componentes. La diferencia reside en que el edificio es de madera, y no de piedra. Construido sobre una plataforma artificial, con dos imponentes montañas en segundo plano, está rodeado de un triple perímetro de fosos profundos, llenos de aguas estancadas donde nadan carpas y cisnes. Es conocido con el apodo de “castillo del Cuervo”, debido al contraste de tonalidades blancas y negras de su fachada. Su bonita Torre del Homenaje, de 30 metros de altura, presenta cinco plantas desde fuera, con tejados lineales y frontones triangulares. Los castillos japoneses siempre tienen 5 plantas desde fuera y 6 por dentro; la tercera planta, oscura y de techo bajo, era secreta, y en ella se reunían los samuráis en caso de asedio. Es interesante observar sus paredes están revestidas de madera oscura y que las ventanas se abren sobre estos paneles y no sobre paredes blancas. Desde el punto de vista estético el resultado es muy sobrio y elegante, pero desde el punto de vista defensivo, el castillo estaba más expuesto en caso de ataque con flechas incendiarias. Junto a la torre se eleva el torreón de Observación de la Luna, añadido en 1630 con fines estéticos. En su interior podremos ver el bosque de gruesos pilares de talla tosca que sostiene el edificio. Sus vitrinas albergan una colección de armas de fuego antiguas: fusiles, mosquetes, morteros y arcabuces.

Castillo Matsumoto-jō

A continuación partimos hacia Hakone, pueblo balneario situado en una colina. La zona se extiende sobre los restos de un enorme volcán, activo hasta hace 3 milenios, que dejó como legado manantiales termales y chimeneas de vapor.

Almuerzo libre.

Llegaremos al Parque Nacional de Hakone, y subiremos a una embarcación para realizar un mini-crucero por el Lago Ashino-ko, de aproximadamente 30 minutos, donde nos envolverán unos paisajes de ensueño, y si el tiempo lo permite (que no siempre es así) disfrutar de la visión del Monte Fuji reflejado en el lago. Este bello lago, se encuentra enclavado en la caldera que provocó la erupción del Monte Hakone hace 3.000 años, y está rodeado de montañas y volcanes, cuyas laderas están en gran parte cubiertas por bosques protegidos. Posee un perímetro de 20 km y su profundidad máxima alcanza los 43 m.

Lago Ashino-ko

 A continuación, subiremos en teleférico al Monte Komagatake,que nos llevara desde el mismo lago a la cima del monte, que se encuentra a 1357 metros de altura; allí pasearemos por la cumbre y, si las condiciones climáticas son favorables (que no siempre es así), disfrutaremos de una de las imágenes más emblemáticas de Japón, como es la bella vista  del Monte Fuji (declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 2013). Sin duda, la imagen más conocida de este país. Ya en el siglo VIII, los textos literarios muestran la admiración hacia este monte. Con una altura de 3776 m y su cima cubierta de nieve, se yergue solitario dominando aldeas, lagos rodeados de árboles y las orillas del mar. Lugar de peregrinación y fuente de inspiración de artistas y poetas, desde muchos siglos atrás, el Monte Fuji ha sido representado en el arte japonés desde el siglo XI, pero fue sobre todo, a partir del siglo XIX, cuando las estampas xilográficas hicieron de él un símbolo internacional del Japón, con una profunda influencia en el arte occidental de esa época. En el siglo XII, el Fujisan llegó a ser un núcleo central de las actividades de iniciación al budismo ascético, que comprende elementos sintoístas. A continuación traslado a Tokio.

Cena en restaurante local. Alojamiento en Sunshine City Prince Hotel.

Compartir

Viajar con Vagamundos es mejor