Viaje a PERÚ VIII: Valle Sagrado, Chinchero, Maras, Moray, Valle Sagrado, Ollantaytambo | Los viajes de Vagamundos día a día.

Día 13 – CUZCO – Chinchero – Maras – Moray – VALLE SAGRADO

Desayuno buffet en el hotel.

Hoy nos adentraremos en el VALLE SAGRADO de los incas, ubicado en plena cordillera de los Andes. Gracias al clima templado, la variedad de altitudes, la fertilidad de las tierras y la presencia del río Urubamba, se convirtió en la despensa alimentaria de Cuzco, y en la representación del cielo en la tierra. Por ello lo sembraron de pueblos y de construcciones tales como templos, fortalezas, palacios y terrazas de cultivo, muchas de las cuales aún siguen en pie.

Nuestra visita del Valle Sagrado incluirá Chinchero, Maras, Moray y Ollantaytambo. Sin olvidar, por supuesto, la joya de la corona: Machu Picchu, la ciudad perdida de los Incas. Al margen de la visita a sus ruinas, en estos lugares, así como en el resto de la comarca, podremos comprobar de cerca las costumbres y el modo de vida de los campesinos, mejor que en ninguna otra parte del país. Los indígenas andinos sustentan muchos aspectos de su existencia sobre creencias y modos de comportamiento que se mantienen vigentes desde tiempos prehispánicos. El río Urubamba discurre junto a los atractivos pueblos andinos, pueblos militares incas que se caen a pedazos y cultivos en terrazas de origen inmemorial. Descubriremos imponentes ciudadelas incas junto a otros yacimientos, mercados de frenética actividad y vistas de gran belleza, que excitarán nuestras máquinas fotográficas.

Empezaremos el recorrido en el pueblo de CHINCHERO, una de las poblaciones más importantes del Imperio inca, que se halla a 28 km al noroeste de Cuzco. Ubicada en una explanada a 3.754 m de altura, rodeada de bellos paisajes andinos y enmarcada por los nevados Chicón y Verónica, la aldea parece envuelta en un misterioso halo de intemporalidad. Los lugareños, que hablan quechua e intentan conservar las tradiciones incas, dicen que este es el lugar de nacimiento del arco iris. En el mercado tradicional de los domingos, los campesinos todavía intercambian mercancías mediante el trueque.

El décimo Inca, Túpac Yupanqui, construyó en 1480 sus palacios en estos parajes. Posteriormente sería envenenado por su concubina favorita Chuqui Occllo, ya que el Inca mostraba preferencias para sucederle por Huayna Cápac, hijo que tuvo con su esposa Coya Mama Ocllo, en lugar de Cápac Huari, que tuvo con la concubina. Después de la muerte del Inca, la familia de la favorita fue exterminada y el príncipe, Cápac Huari, condenado a prisión perpetua en Chinchero. A mediados del siglo XVI, cuando ya los españoles estaban en Cuzco, Manco Inca, emperador títere de Pizarro, quemó la aldea para cortar las vías de suministro de sus perseguidores españoles, aunque acabaría sucumbiendo unos años más tarde. El virrey Francisco de Toledo, estableció una plantación en este lugar y ordenó a los indios trabajar en ella.

La plaza de Armas, a la que se accede a través de un arco, se halla dividida en dos niveles separados por un muro inca con doce grandes hornacinas trapezoidales de 2 m de altura, decoradas en lo alto con sucintos relieves. En el nivel superior de la plaza se halla la iglesia de Monserrat, una de las más bellas del valle, construida en 1607 en adobe, sobre los muros de un palacio inca. Presenta un hermoso pórtico y un claustro de planta cuadrada. Sobre su frontón exterior los frescos representan, por una parte, el bien (la evangelización de los indígenas), y por la ora el mal (la rebelión de Túpac Amaru). En el atrio, separadas de la iglesia, están la torre y una “capilla de indios”, ya que estos no podían entrar en los templos españoles. El interior, los techos pintados de estilo mudéjar cobijan los retablos cargados de oro, en un ejemplo soberbio del barroco andino. El mural más importante es el de la Virgen de Monserrat, del quechua Francisco Chihuantito. El altar barroco está cubierto de pan de oro y adornado en el centro por una Virgen del Carmen de 1590, decorada con espejos y láminas de plata y con el águila de dos cabezas de los Asturias. Hay que fijarse también en la escultura de Santiago Matamoros sobre su caballo blanco (convertido en el “mataindios” durante la conquista) y la de san Isidoro, patrón de los agricultores, vestido con ropas típicamente indias.

A la izquierda de la iglesia, se pueden ver los restos incas de tres huacas (adoratorios): Titicaca, Pumacaca y Chinkana.

Continuamos ruta y después de pasar por la laguna de Huaypo, llegamos a MARAS, donde tendremos oportunidad de conocer sus minas de Sal, cuya explotación es tan antigua que se remonta al Tahuantinsuyo, época inca. Una fuente termal en lo alto del valle crea un pequeño arroyo de agua muy salada que se canaliza hasta 3.000 pozos artificiales construidos en la pared de una montaña casi vertical sobre el valle, donde se evaporaba con el sol dejando un lecho de sal cristalizada de un blanco reluciente. Vistas desde lo alto, las terrazas forman un espléndido mosaico de ocre, marrón y blanco. Cientos de mineros recogen la sal con una especie de rastrillo provisto de un mango flexible. Estos pozos son heredados familiarmente desde que el encomendero Pedro Ortiz de Orué, fundador de Maras, los distribuyó entre los pueblos de la región en el siglo XVI. Los habitantes del pueblo han formado una cooperativa, a la que venden la sal, y esta la distribuye por todo el país.

A continuación, visita del yacimiento arqueológico de Moray, famoso por el anfiteatro hundido, formado por cuatro andenes circulares, a la manera de un cráter artificial, con 10 anillos concéntricos superpuestos, del más pequeño (al fondo), hasta el más abierto (arriba), excavados en una enorme cuenca de tierra, cada una con su propio microclima. Los pozos más importantes llegan a una profundidad de 36 m. El anillo inferior tiene un diámetro de 45 m y las terrazas, rellenas de tierra, tienen entre 4 y 10 m de anchura. Se accede a los distintos niveles mediante un sistema de escaleras con peldaños integrados dentro de los muros. Los canales de irrigación llevaban el agua de una terraza a la otra por medio de acequias excavadas en la piedra. Los indígenas las llamaban muyus.  Descubierto en 1930, no se sabe con certeza qué eran, aunque la creencia más extendida es que el lugar constituía un centro de investigación agrícola inca, una especie de laboratorio dedicado a la experimentación de cultivos en torno a los diferentes niveles altitudinales de sus parcelas. Se ha comprobado que las temperaturas son distintas en cada uno de los anillos, y en cada escalón se probaba cuáles eran los productos que se podían plantar en cada región del imperio. Estas anderías, construidas sobre muros de contención rellenados con tierra fértil y regados mediante complejos sistemas de irrigación, permitían cultivar más de 250 especies vegetales. Otros investigadores creen que el sitio pudo haber servido como templo para ceremonias de agua.

Almuerzo en restaurante Muña del Valle Sagrado o similar.

A continuación, traslado a nuestro hotel.

Alojamiento en Tierra Viva Valle Sagrado Urubamba.

Día 14 – VALLE SAGRADO – Ollantaytambo – AGUAS CALIENTES

Desayuno buffet en el hotel.

Por la mañana nos ponemos en ruta hacia OLLANTAYTAMBO, pueblo de la provincia de Urubamba, que se halla a 90 km de Cuzco, considerado una ciudad viviente inca, ya que sus habitantes se esfuerzan por conservar las tradiciones antiguas. Sus empinados bancales que vigilan las ruinas incas fueron testigos de uno de los pocos lugares donde los españoles sufrieron una gran derrota.

Situado entre dos montañas, a casi 2.800 metros de altura (400 más que Machu Picchu) y a orillas de un caudaloso riachuelo, el Patacancha, cerca de donde este se une con el río Urubamba, no quedaba lejos de la capital del incanato, la Cusco imperial, y de la propia Machu Picchu. Y todo ello a las puertas del Valle Sagrado, que Ollantaytambo dominaba visualmente por completo y protegía por el norte, así como Písac, otro centro importante, lo defendía por el sur. Esta suma de ventajas convirtió Ollantaytambo en un bastión militar, una delegación administrativa y un centro religioso de primer orden en el incanato. Pero también en una destacada cabecera regional de producción y almacenaje agrícola. En Ollantaytambo descansaban, despachaban, rezaban y se reaprovisionaban aquellos nobles del Imperio que, con funciones gubernativas y castrenses, viajaban hacia o desde Cusco, Machu Picchu, el Valle Sagrado u otros puntos del Camino del Inca. Esto explica que su arquitectura, conocida precisamente como “de élite”, adoptara una forma monumental, y se tomara como patrón urbanístico y edilicio para otras localidades andinas.

Aunque presenta vestigios anteriores, la Ollantaytambo que ha llegado a la actualidad fue una iniciativa de Pachacútec, que conquistó la región y la incorporó a su imperio después de haberla arrasado. Para prevenir que se repitiera lo mismo que había hecho él, el Inca levantó un poblado, un centro ceremonial y terrazas, así como depósitos agrícolas. Los protegía un fuerte principal, secundado por otras estructuras militares. Se esmeraron en edificar allí un poblado administrativo, o llaqta, con viviendas a la altura de los nobles a los que daría albergue. Montaron con piedras admirablemente talladas y ensambladas, andenes (terrazas escalonadas) y vías de irrigación. Estas obras de ingeniería tenían fines agrícolas. Pero los andenes también cumplían funciones de contención en esa zona sísmica, mientras que los canales poseían propósitos religiosos.

El otro gran momento de Ollantaytambo tuvo lugar un siglo después, cuando Manco Inca, entronizado por Francisco Pizarro de entre el medio millar de hijos de Huayna Cápac, se rebeló contra el poder español en 1536. El emperador sublevado trasladó su capital de Cusco a la elevada ciudadela del Valle Sagrado, cuyas defensas mejoró a conciencia. Ese mismo año obtuvo en sus inmediaciones una amplia victoria sobre las fuerzas conquistadoras. Sin embargo, dejó Ollantaytambo por la selvática Vilcabamba, en busca de un refugio más remoto. Allí estableció de facto un incanato paralelo al virreinato del Perú hasta su disolución, 35 años más tarde.

La parte baja de Ollantaytambo está dividida en dos por el río Patacancha; en un lado queda el pueblo inca y, en el otro, un sector ceremonial al pie de la fortaleza. Este sector ceremonial estaba dedicado al culto del agua, y desemboca en una amplia plaza cuadrada, llamada Manya Raki, rodeada de construcciones de adobe. Cerca se encuentran los restos del palacio de la princesa, donde aún se pueden ver las fuentes, entre ellas la fuente de la Ñusta, tallada en un solo bloque de piedra con la cruz andina grabada. A partir de aquí hay que subir los 150 escalones que separan de la cumbre la parte baja de la fortaleza de Ollantaytambo, entre 16 gigantescas terrazas de cultivo rodeadas de sólidos muros de contención. La fortaleza consta de varias partes:  primero se llega al Palacio de Ollantay, un edificio de dos pisos cuyo interior está dividido en dos habitaciones simétricas. En la parte más alta se halla el adoratorio, con 10 nichos que se abren en un bonito paredón. Un suave terraplén permite el acceso a un nivel más elevado donde se hallan diversas estancias, la más importante de las cuales es el templo del Sol, uno de los mejores ejemplos de mampostería inca, con sus seis gigantescos monolitos de granito rosa de 4 m de altura, 2 m de anchura y entre 1 y 2 m de grosor, y con un peso que sobrepasa las 50 toneladas. Están perfectamente alineados y fueron diseñados para reflejar los rayos de sol en su salida. Encima de la fortaleza hay otro grupo de edificios llamados Incahuatana, que probablemente eran puestos de vigilancia. Las piedras de la fortaleza se extraían de la cantera de Cachicata, a 6 km de aquí. Estos inmensos bloques debían atravesar el río y subir un desnivel de 200 metros, con lo que debían tener un ingenioso sistema de rodillos, aunque se ignora cómo pudieron alzarlas por una pendiente tan escarpada. En el fondo del valle se pueden ver gran cantidad de bloques que no llegaron a su destino, son las llamadas “rocas cansadas”.

La excursión de mediodía concluye con una breve visita al pueblo de Ollantaytambo, un típico ejemplo de la planificación urbana de los incas que ha preservado su planta original, ya que las casas coloniales fueron construidas sobre los cimientos precolombinos. Conserva en uso alrededor de 50 casas de piedra y adobe, dispuestas en cuatro calles alargadas que mantienen el principio de distribución en “canchas”, grupos de casas alrededor de un patio central con una estrada única antaño cerrada por un portón de piedra. Caminaremos por sus laberínticos paisajes y edificios de piedra escuchando el murmullo de los canales de irrigación.

Almuerzo en restaurante Chuncho o similar.

Por la tarde abordaremos el tren Voyager de Inca Rail desde la estación de Ollantaytambo hasta la estación de Aguas Calientes, donde pernoctaremos. Aguas Calientes también es conocida como Machu Picchu Pueblo y es una localidad que se encuentra en una profunda garganta a los pies de las ruinas, rodeada de imponentes paredes de piedra y bosques nubosos, y dividida por dos ríos. La ubicación es increíblemente bella y nos parece que merece la pena pernoctar en este lugar para subir a primera hora a Machu Picchu, ya que la mejor forma de disfrutar la ciudadela es al amanecer.

Cena y alojamiento en El MaPi by Inkaterra.

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