Viaje a PERÚ VI: Sillustani, Pucará y Raqchi y Andahuaylillas | Los viajes de Vagamundos día a día.

Día 11 – PUNO – CUZCO

Desayuno buffet en el hotel.

Desde tiempos inmemoriales y pese a las condiciones de vida relativamente duras del altiplano, toda esta zona se presenta como uno de los grandes focos de población de la cultura andina. Los primeros indicios de ocupación humana se remontan a varios miles de años antes de nuestra era. Surgieron pueblos que evolucionaron poco a poco en pequeñas ciudades dotadas de centros ceremoniales, como Pucará (200 a.C.-200 d.C.). Más adelante, la cultura de Tiahuanaco (400-1100 d.C.), que había nacido en la orilla sur del lago Titicaca, se extendió sobre un vasto territorio que comprendía una parte de Perú, de Bolivia y de Chile. Tras la caída de esta civilización, los pequeños territorios independientes, entre ellos los collas de Sillustani, reinaron en la región. Los incas, posiblemente emparentados con los collas, integraron todas estas tribus en la segunda mitad del siglo XV.

Hoy iniciamos ruta hacia una de las ciudades emblemáticas del Perú, Cusco, en lo que se conoce como ruta del Sol, que según la mitología inca siguió el gran dios altiplánico en su peregrinaje hacia las montañas del norte, tras haber surgido del lago Titicaca. Durante el traslado, que nos llevará buena parte del día, realizaremos diversas paradas para conocer algunos de estos lugares.

En primer lugar, nos detendremos en una ventosa llanura andina a 35 km al noroeste de Puno, donde se halla el sitio arqueológico de Sillustani,uno de los yacimientos funerarios más sorprendentes, donde se han encontrado restos de diversas épocas. Salpicando las colinas onduladas que componen la península rocosa del lago Umayo, a unos 4.000 m de altitud, encontramos una serie de chullpas (torres funerarias) donde antaño reposaban los restos mortales de familias nobles y clanes enteros. Las chullpas de Sillustani se construyeron en su mayoría entre los siglos IX y XV. Si bien fueron saqueadas tiempo atrás, aún se conservan sus torres (algunas de hasta 12 m de altura) esparcidas por la llanura como si fueran centinelas del pasado. Hoy no queda rastro de enterramientos, aunque las chullpas están bien conservadas. Los collas (“habitantes del altiplano”), uno de los más importantes y belicosos reinos aymarás, que dominaron esta región antes que los incas, enterraban a sus gobernantes en estas chullpas, construidas con una basta estructura de piedras sin trabajar, unidas con argamasa, que presentan un perfil cuadrado o circular, con la base más estrecha que la parte superior hasta formar una falsa bóveda. Su interior siempre era hueco con objeto de que pudiese albergar una cámara mortuoria, a la que se accedía a través de una estrecha puerta. Las momias, en posición fetal y rodadas por una cesta trenzada a medida, se depositaban junto a toda la familia, con alimento, joyas y otros bienes, con el fin de preparar el viaje al más allá. El hueco de acceso a la torre se cerraba a continuación con una gran piedra. La cara externa de las chullpas se cubría con un revestimiento de piedras volcánicas talladas de forma regular. Tras la conquista en 1440 de los collas por los incas, estos siguieron utilizando la necrópolis, por lo que hay restos collas e incas mezclados. De hecho, las chullpas del periodo inca son las mejor conservadas. La mayor de todas (4,8 m de diámetro), visible desde la entrada, es la que se conoce como “del Lagarto”, ya que está decorada con este animal.

Continuaremos ruta hacia PUCARÁ, pueblo con una importante tradición cerámica, y donde destacan sus famosos “toritos”, que se colocan en los tejados de las casas para propiciar la fertilidad del ganado y atraer la suerte al hogar. El lugar fue un importante centro urbano durante el Periodo Formativo Temprano, que se desarrolló en torno al 1600 a.C. Visitaremos el museo lítico, creado en 1999, que expone distintos objetos de esta cultura que fueron hallados en el complejo arqueológico. Cuenta con salas de exhibición de distintos elementos, que se han clasificado en tres grupos: monolitos, estelas y esculturas zoomorfas. Destacan: la estela de la lluvia, monolito de 2 m de alto, con cabeza de puma y cuerpo de pez; el monolito de piedra Degollador o Hatun Nakaj, hombre sentado con expresión cruel, sosteniendo una cabeza humana y sobre la cabeza un gorro con tres cabezas de puma; el Devorador, pequeño monolito de piedra, que representa una persona desnuda con las costillas bien marcadas, devorando un niño. También se puede apreciar cerámicas de diversos tipos y tamaños, como vasijas, huacos, platos, keros, tinajas, etc.

Realizaremos una parada en el paso de “La Raya”, límite natural entre Cusco y Puno, se halla a 4.335 m de altitud, en medio de un paisaje de fascinante monotonía, desde donde se disfruta de excelentes vistas de algunas cumbres de los Andes, como el nevado Chimboya (5.489 metros). Aquí se pueden encontrar, además de varias fuentes termales, una enorme reserva de auquénidos (llamas y alpacas) y el nacimiento del río sagrado de los incas, el Vilcanota, que cruza toda la región de Cuzco y más adelante toma sucesivamente los nombres de Urubamba y Ucayali. En el paso de la Raya también podremos ver a diferentes artesanos locales que ofrecen sus productos a todos los visitantes, gran parte de sus productos son a base de alpaca.

Continuamos hasta el pueblo de Sicuani.

Almuerzo en restaurante Feliphon o similar.

La siguiente parada la tendremos en el complejo arqueológico de Raqchi, al que los cronistas llamaron “el Partenón de los incas”. Se encuentra ubicado en las laderas del volcán Quimsachata, en el antiguo camino inca (o Qhapaq Ñan), que conectaba con puntos del imperio tan distantes como Pasto (Colombia), Tihuanaco (Bolivia) y Tucumán (Argentina), lo que da idea de su importancia estratégica. Se trata de un gran santuario-fortaleza que consta de varios recintos: un gran templo dedicado al dios Viracocha, viviendas, colcas o almacenes, una laguna artificial y un ushnu o plataforma de ceremonias. La mayor parte de las construcciones son del periodo Inca (1450 a 1532), aunque la ocupación en Raqchi puede datarse mucho más anteriormente (200 a.C.). En conjunto, el yacimiento de Raqchi se extiende por casi 11 km2 y se divide en cinco sectores amurallados. Su construcción implicó a tres emperadores. Según los cronistas, el impulsor fue Viracocha (1380-1448), quien precisamente debía su nombre al dios primigenio. Continuó la tarea su sucesor, Pachacútec (1418-1471). Y la finalizó su hijo Túpac Yupanqui (hacia 1440-1493). El complejo fue arrasado por los conquistadores españoles.

La estructura más importante del sitio arqueológico de Raqchi es el templo de Viracocha, un edificio único en su estilo.  Pese que a hoy solo se conservan sus restos, se puede intuir su grandeza por sus imponentes dimensiones: 92 m de largo por 25,5 m de ancho y una pared central de adobe con base de andesita (roca volcánica) de entre 18 y 20 m de altura, con varias puertas y ventanas. Se supone que esta construcción tenía el mayor techo a dos aguas de todo el dominio inca. La presencia de once columnas circulares a ambos lados del muro central hace pensar que los visitantes debían moverse en zigzag. Este peculiar diseño podría estar relacionado con la cosmogonía inca y su relación con dios. Aún se pueden ver algunos de los símbolos que cubrían sus pareces: la serpiente, que representa el interior de la tierra; el puma, que simboliza todo lo que existe sobre la superficie, y el cóndor, que representa el firmamento sobre una chacana o cruz cosmogónica inca. A escasos metros del templo, se extiende una laguna artificial (qucha) alimentada por dos fuentes. En realidad, todo el sitio cuenta con un amplio sistema de acueductos y canales que servían tanto para abastecer a la población como para regar los campos. Son una muestra del amplio conocimiento en ingeniería hidráulica de los incas.  Al este del templo se extienden 156 colcas o almacenes de planta circular –una estructura única, puesto que los depósitos incas eran de planta cuadrada–, con 8 m de diámetro y 3,5 m de altura, techos cónicos de paja y distribuidas en líneas paralelas.​ Estas colcas fueron utilizadas para almacenar alimentos (maíz, quinoa, papa, chuño, pescado y carne seca), y también cerámica, tejidos y material militar. A continuación, se observan las kanchas de Qea: un conjunto de viviendas con varias habitaciones, que servían a su vez como espacios públicos para actividades sociales y religiosas. Su ordenada distribución revela una avanzada planificación urbana.

También tendremos ocasión de parar en el bonito pueblo andino de Andahuaylillas, donde se ubica la iglesia de San Pedro, construida en 1572 por el jesuita Juan Pérez de Bocanegra sobre una huaca o adoratorio inca. Se trata de un sencillo edificio de una sola nave, con muros de adobe blanqueados con cal, flanqueado por un lado por un campanario de plano cuadrado y precedido por una zona cubierta de tejas. Si el sobrio exterior es de estilo renacentista popular, el interior es una muestra esplendorosa del barroco. El techo está casi completamente recubierto por una decoración de estilo mudéjar con motivos naturalistas, florales y frutales. Este riquísimo artesonado fue revestido con pan de oro. Esta decoración fija se complementa con abundantes lienzos que se integran al conjunto por medio de sus lujosos marcos también de pan de oro. La mayoría son obras de Luis de Riaño, pintor limeño nacido en 1596. De él se conserva una “Crucifixión”, “El bautismo de Cristo” y el “Arcángel San Miguel”. El cuadro de la Virgen del Rosario que se halla en la capilla del Santísimo ha sido atribuido a Diego Quispe Tito. Existen también cuadros anónimos de la Escuela Cusqueña de Pintura. Uno de los más importantes murales es el que se halla en la cara interior de la pared de la entrada, el cual nos muestra las dos vías de la existencia: hacia la izquierda, el camino fácil, que conduce al infierno; hacia la derecha, el difícil, que lleva al paraíso. Su sencilla y casi ingenua simbología, acorde con su carácter didáctico, no logra opacar la fuerza expresiva de sus imágenes. Una de las notas curiosas de este templo se halla en su baptisterio. El arco que le da acceso tiene la inscripción “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén” en latín, español, quechua, aimara y puquina, testimonio que confirma que este templo fue uno de los dos centros de traducción de las lenguas indígenas de la archidiócesis del Cuzco, junto a otro templo en el distrito de Juli, ya que esta fue la principal labor del citado Bocanegra.

Hay que imaginarse a las multitudes indígenas recién convertidas al cristianismo entrar a la iglesia y experimentar visualmente el “poder” de la nueva fe expresado en esa riqueza escultórica y pictórica que desde arriba y los costados las asediaba. En realidad, ese era el estilo que imperaba en toda Europa y sus colonias en aquellas décadas, pero que alcanza un elevado grado de expresión en la fusión con las culturas americanas, de por sí proclives a la rica fantasía ornamental.

Finalizada la visita, seguimos ruta hasta Cuzco.

Alojamiento en Costa del Sol Wyndham Cusco.

Compartir

Viajar con Vagamundos es mejor